Rompí la puerta y lo hice por ti. No pretendí acercarme de forma brusca, en mi mente todo aquello se producía a una velocidad ridícula, las partículas de oxígeno no se movían, simplemente ahí estabas, iluminándome como cada noche, y yo, lanzándome a tus brazos sin preguntar apenas por qué. ¿Acaso hacía falta? La obra continuaba y yo no quería ni por asomo hacer que dejases de ser su absoluta protagonista. ¡Disfrutaba viéndote actuar, maldita sea! A través de tus ojos vidriosos juraba contemplar todas aquellas impensables respuestas a ninguna pregunta. Trazaba mi órbita irregular en torno a ti, siempre impertérrita, siempre protagonista, siempre tú...
"¡No pares de bailar!", gritaba, mientras tú, inmóvil, me mirabas con condescendencia. "Yo no bailo y tú no escribes, yo no brillo y tú no ves", decías, soberbia, mientras mi mirada se quedaba desnutrida en un rincón, sin recrearte, sin pensarte, sin apenas generar tu tan desgastado reflejo en su retina. Te esforzabas por retroceder lentamente, lo hacías sin que el público se diese cuenta, pero entre bastidores el océano comenzaba a inundarnos y era inevitable desear ahogarme a tu lado.
Sin embargo, en tu cápsula desértica no penetraba el agua más desatada, seguías allí, en el centro de aquel huracán silencioso, esbozando una melancólica sonrisa que se apoderaba, sin piedad, de mi dulce inmadurez estival para dar paso a una caída gris sin retorno. Tu pelo, inmenso y voraz como el mayor de los continentes, disparaba sus coletazos sin guía ni dirección, golpeándome repetidamente, dejándome aturdido y besando un frío y atónito suelo otoñal.
Los juegos de manos eran tu punto fuerte pero quisiste terminar con aquellos temibles fuegos artificiales que te permitirían desaparecer. Los asistentes abandonaron sus butacas y yo sigo aquí, sentado en primera fila, contemplando la huella que tu zapato izquierdo dejó en el parqué, sin poder desviar la mirada de la lágrima bañada en rimmel que decoraba aquel anfiteatro vacío. Te llevaste las llaves. No debiste hacerlo. Pero nunca fui capaz de denegar tu voluntad, y, ¿por qué engañarnos?, seguiría sin hacerlo hasta que la mayor de las estrellas disipase su calor.
viernes, 30 de mayo de 2014
viernes, 2 de mayo de 2014
introduzca día y hora
He divagado en círculos concéntricos durante varios milenios buscando explicaciones. No creo que en ningún momento haya querido saber nada. Nunca he tenido tal intención. Pero en ese instante en que las palabras brotan y nada ni nadie puede contenerlas supongo que es absurdo intentarlo. De hacerlo habría vuelto a estar destinado a perder. Supongo que he querido callarme. De nada sirve.
Desde el momento en que la tierra se desvaneció y caí en un espacio sin límites ni localización, sentí que por dentro me invadía una nada de poder inagotable. Una nada que carcomía el todo de mi existencia, una nada que navegaba, sin más, por mi cuerpo desnudo de ti, por mis sueños calcinados en recuerdos y tu pelo flotando, indiferente, entre océanos de tiempo que permanecían asolando mis días, los cuales se fundían sin mayor intención.
Mis palabras y tus ojos volaron creando torbellinos de aire enloquecido, sigo creyendo que en ese momento habría sido mejor quedarse al margen y no involucrarse, pero siempre he sido un idiota y tú nunca olvidaste recordármelo. ¿Qué cuál ha sido mi error? Mi error, mi puto error, fue no coger ese tren delante del cual desapareciste. Te alejabas como se disipa la luz de un faro, y mientras lo hacías, simplemente fui incapaz de reaccionar.
Ahora me subo a la azotea y contemplo todo con los mismos matices, la misma simpleza, el mismo rayo de sol cegándome sin compasión. Lo observo y no parece que haya alternativa que girar la cabeza. Supongo que no quería dar por perdida la luz solar. Pero los tiempos cambian. O eso dicen.
Desde el momento en que la tierra se desvaneció y caí en un espacio sin límites ni localización, sentí que por dentro me invadía una nada de poder inagotable. Una nada que carcomía el todo de mi existencia, una nada que navegaba, sin más, por mi cuerpo desnudo de ti, por mis sueños calcinados en recuerdos y tu pelo flotando, indiferente, entre océanos de tiempo que permanecían asolando mis días, los cuales se fundían sin mayor intención.
Mis palabras y tus ojos volaron creando torbellinos de aire enloquecido, sigo creyendo que en ese momento habría sido mejor quedarse al margen y no involucrarse, pero siempre he sido un idiota y tú nunca olvidaste recordármelo. ¿Qué cuál ha sido mi error? Mi error, mi puto error, fue no coger ese tren delante del cual desapareciste. Te alejabas como se disipa la luz de un faro, y mientras lo hacías, simplemente fui incapaz de reaccionar.
Ahora me subo a la azotea y contemplo todo con los mismos matices, la misma simpleza, el mismo rayo de sol cegándome sin compasión. Lo observo y no parece que haya alternativa que girar la cabeza. Supongo que no quería dar por perdida la luz solar. Pero los tiempos cambian. O eso dicen.
sábado, 8 de febrero de 2014
música de cristal
Aquí me tienes, de rodillas. La piel se derrite contra el cemento como jamás lo había hecho antes. No parece existir la piedad. ¿A quién le importa? Tarde o temprano volaremos en nubes de autoengaño de nuevo. Sólo es cuestión de tiempo, llegará. Volaste tan alto que dudo que pudiera haberte alcanzado. Soñé con romper los límites pero acabé roto yo mismo. Y mientras, esa botella seguía al borde de la mesa, a punto de caer, a escasos milímetros de deslizarse por el borde de nuestro acantilado y explotar en pequeñas moléculas de vidrio enloquecido y extremadamente punzante.
Lo bonito es detenerse en el camino, girarse un segundo y observar, aunque sólo sea por un instante de lívida moralidad, a esa realidad que te protege. Nunca me permitiste conocerte. Cada mañana, mientras ese viento gélido penetraba a través del frágil mármol de mi pared, me disolvía en mi interior entre impotencia y millones de tambores. Tú eras mi esperanza. Y te desvaneciste tan rápido que no soy capaz de sentirme en casa recordándote.
Mi estabilidad voló. Voló sin motivo, sin estaciones, sin putos cambios climáticos. Pero ya no está aquí. Siempre fue adicta a los vinilos de los Jefferson Airplane y nunca le hice caso. Quizá por eso ya no esté. Dudo que Grace Slick te vaya a hacer más feliz de lo que mi alma de estúpido arrogante podría haber ofrecido. A Jim Morrison le valió, pero ya no es lo que era.
Ahora toca bailar y drogarse con electricidad.
Lo bonito es detenerse en el camino, girarse un segundo y observar, aunque sólo sea por un instante de lívida moralidad, a esa realidad que te protege. Nunca me permitiste conocerte. Cada mañana, mientras ese viento gélido penetraba a través del frágil mármol de mi pared, me disolvía en mi interior entre impotencia y millones de tambores. Tú eras mi esperanza. Y te desvaneciste tan rápido que no soy capaz de sentirme en casa recordándote.
Mi estabilidad voló. Voló sin motivo, sin estaciones, sin putos cambios climáticos. Pero ya no está aquí. Siempre fue adicta a los vinilos de los Jefferson Airplane y nunca le hice caso. Quizá por eso ya no esté. Dudo que Grace Slick te vaya a hacer más feliz de lo que mi alma de estúpido arrogante podría haber ofrecido. A Jim Morrison le valió, pero ya no es lo que era.
Ahora toca bailar y drogarse con electricidad.
jueves, 23 de enero de 2014
lágrimas caramelizadas
La silla chirriaba hasta tal punto que no podéis imaginároslo. Sin embargo allí estaba yo, balanceándome, sin trampas y realmente sin nada que a primera vista preocupase a un elefante. Pero estaba allí. El ligero movimiento de mi espalda hacía que las nubes se meciesen mutuamente en lo que suponía un acorde hacia la armonía definitiva. Es difícil describir algo tan abstracto como el amor, pero supongo que estaba allí. No hacía nada, simplemente estaba. Se introducía en el engranaje, lo engrasaba y, maldita sea, lo hacía funcionar. Era algo extraño. Extrañamente maravilloso.
El reloj, al otro lado de la habitación, movía sus agujas con su habitual prisa calmada, sin detenerse en ningún punto pero tomándose un respiro a cada segundo. Nuestras miradas se cruzaban como espadas en alto, sin perdón ni remordimiento. Los labios me sangraban hasta tal punto que el sabor de mi propia sangre comenzó a inundar la percepción de una realidad asombrosa. La batidora, posada sobre el mármol inerte como un asteroide inefable, goteaba un líquido rosáceo de olor descafeinado. Poco a poco, su densidad se reducía, y a medida que el antiguo manjar se disolvía la realidad ganaba puestos hacia lo más alto.
En el momento en que se rompió la primera pata de aquella silla apenas le di importancia. El equilibro seguía siendo posible, jodidamente posible. El balanceo era menos acentuado pero se disfrutaba más. Sonaba como un movimiento deslizante, sin aforismos, desnutrido pero a la vez ardiente, sin contemplaciones ni deseos incumplidos. Su magia se evaporaba como el deseo de verano de dos jóvenes enamorados, quizá en mayor grado, en el grado que describe a la naturaleza del ser humano, que enseña en realidad lo que está escondido debajo de la piel, lo que muestra la inocencia, el miedo, la soledad. La transparencia nunca fue buena amiga del amor. Nadie se lo explicaba pero su relación era un tormento de magnitudes desproporcionadas. Improvisación desmedida, cortinas corridas con la prisa de un amanecer descontrolado.
Las sábanas ardían y otra pata cedía ante la humedad del cesante invierno. Yo pensaba que podría alcanzar otra primavera pero no fui más que un puto gilipollas.
El reloj, al otro lado de la habitación, movía sus agujas con su habitual prisa calmada, sin detenerse en ningún punto pero tomándose un respiro a cada segundo. Nuestras miradas se cruzaban como espadas en alto, sin perdón ni remordimiento. Los labios me sangraban hasta tal punto que el sabor de mi propia sangre comenzó a inundar la percepción de una realidad asombrosa. La batidora, posada sobre el mármol inerte como un asteroide inefable, goteaba un líquido rosáceo de olor descafeinado. Poco a poco, su densidad se reducía, y a medida que el antiguo manjar se disolvía la realidad ganaba puestos hacia lo más alto.
En el momento en que se rompió la primera pata de aquella silla apenas le di importancia. El equilibro seguía siendo posible, jodidamente posible. El balanceo era menos acentuado pero se disfrutaba más. Sonaba como un movimiento deslizante, sin aforismos, desnutrido pero a la vez ardiente, sin contemplaciones ni deseos incumplidos. Su magia se evaporaba como el deseo de verano de dos jóvenes enamorados, quizá en mayor grado, en el grado que describe a la naturaleza del ser humano, que enseña en realidad lo que está escondido debajo de la piel, lo que muestra la inocencia, el miedo, la soledad. La transparencia nunca fue buena amiga del amor. Nadie se lo explicaba pero su relación era un tormento de magnitudes desproporcionadas. Improvisación desmedida, cortinas corridas con la prisa de un amanecer descontrolado.
Las sábanas ardían y otra pata cedía ante la humedad del cesante invierno. Yo pensaba que podría alcanzar otra primavera pero no fui más que un puto gilipollas.
domingo, 29 de diciembre de 2013
puto fuego acuático
Escondido bajo una montaña descolorida por la humedad. Bajo un tapiz resquebrajado por el paso de los años que se astillaba el día 32 de cada mes. Jugando, cuidadosamente, con las moléculas de oxígeno restantes, haciéndolas volar, con las yemas de los dedos, deslizándose como ángeles desnudos sin nada que perder, con constelaciones de vida y ensoñación intacta. Soñando con que el cielo puede desvanecerse en cualquier instante. Soñando con que la tierra no es más que un cimiento descontrolado. Con que el sinfín de planetas que desvarían alrededor de nuestras cabezas no son más que figuras insensibles, de cuidada forma esférica, jamás turbada, pero vacuos e indefinidos. La perfección se pagaba cara en el siglo XVIII.
Salió, abrió la puerta y las cebras habían desaparecido. Cucarachas devoraban las paredes de granito descosido, deshaciéndose en halagos perturbados, bailando tan sumamente despacio que el universo parecía haberse detenido. Las agujas del reloj se peleaban con su destino intentando retroceder. Lo intentaban de veras. Joder, parecía que lo conseguían. Era algo impresionante. Me impresionó tanto estar allí que no creo haber despertado todavía. Pero las cebras no estaban, de eso estoy seguro. Y aunque me digan lo contrario, puedo establecer de forma inequívoca que el sol brillaba con tal fuerza que me derribó como una firme tabla de acero implacable ante mis movimientos. Me sentí impotente y abatido, pero, al mismo tiempo me grité a mi mismo lleno de satisfacción. "Si alguien debía derribarte, era el sol, maldito hijo de perra".
Moví ligeramente mi dedo índice. Muy ligeramente, apenas se apreció. Estoy seguro de que las cámaras no lo apreciaron. Allí seguía, postrado en un recién barnizado parqué de caoba que acababa de pedir a Ikea un par de meses antes. La madera estaba jodidamente fría. Vaya si lo estaba. Fría como el sol que atizaba sin compasión. Los párpados pesaban exactamente lo mismo que un barco de vela hecho del mejor cartón que podáis imaginar. Cartón. Cartón. Y se rompió. La caja estaba vacía. El sol había vencido.
"Algún día me levantaré, pero no hoy. Por algo he pagado este puto parqué".
Salió, abrió la puerta y las cebras habían desaparecido. Cucarachas devoraban las paredes de granito descosido, deshaciéndose en halagos perturbados, bailando tan sumamente despacio que el universo parecía haberse detenido. Las agujas del reloj se peleaban con su destino intentando retroceder. Lo intentaban de veras. Joder, parecía que lo conseguían. Era algo impresionante. Me impresionó tanto estar allí que no creo haber despertado todavía. Pero las cebras no estaban, de eso estoy seguro. Y aunque me digan lo contrario, puedo establecer de forma inequívoca que el sol brillaba con tal fuerza que me derribó como una firme tabla de acero implacable ante mis movimientos. Me sentí impotente y abatido, pero, al mismo tiempo me grité a mi mismo lleno de satisfacción. "Si alguien debía derribarte, era el sol, maldito hijo de perra".
Moví ligeramente mi dedo índice. Muy ligeramente, apenas se apreció. Estoy seguro de que las cámaras no lo apreciaron. Allí seguía, postrado en un recién barnizado parqué de caoba que acababa de pedir a Ikea un par de meses antes. La madera estaba jodidamente fría. Vaya si lo estaba. Fría como el sol que atizaba sin compasión. Los párpados pesaban exactamente lo mismo que un barco de vela hecho del mejor cartón que podáis imaginar. Cartón. Cartón. Y se rompió. La caja estaba vacía. El sol había vencido.
"Algún día me levantaré, pero no hoy. Por algo he pagado este puto parqué".
sábado, 7 de diciembre de 2013
círculos purpúreos
Me prometiste que volar hasta la orilla sería un juego de niños. Que atravesar ese maravilloso océano, rebosante de experiencias inmateriales, colmaría la esfera de nuestra concepción. Prometiste sueños, soñaste con promesas y drogaste al universo con tu maldita sonrisa demoníaca por la que sin duda pagaría con mi alma cada día de mi vida. Mientras todos dormían, acariciaste mi pelo y me aseguraste que bajo ningún concepto dejarías que el sol se apresurase. Cada momento en su medida, cada marioneta en su caja de cartón. Sueños enlatados entre brisa y relámpagos. Una vez más, mentiste. Juro que mentiste. O eso creo.
Cuando mis ojos lograron despegarse del miedo, todos los elementos flotaban como el silencio en la oscuridad. Se palpaban. Eras tú. Rodeabas el planisferio como un fantasma decoroso pero indecente. Como un espectro incisivo pero no exento de timidez. Llamabas con insistencia, el sol comenzó a moverse de forma especial. El desconcierto se apoderó de mi salvación. Todo giraba como una peonza desbocada, sin meta pero con un camino prefijado, como cuando el color de tus ojos se desteñía con el sol, cuando se derretía mi ilusión con la aridez de tu lejanía. El látigo de tu desidia me golpeaba con violencia. No cumpliste tus promesas, no alcanzaste tu paraíso, y, lo más importante, habías dejado de bailar...
El sol comenzó a apagarse y su movimiento cesó levemente. Decidí esconderme bajo la enorme cantidad de sábanas que cubrían mi solitario sino. Sus rayos las atravesaron como balas rojizas cargadas de pólvora. Y se incrustaban en mi cuerpo, aguijones, mientras una libélula logró hacerse paso por la rendija de mi puerta y se posó sobre el flexo que lunas antes había iluminado la tez desnuda de tu espalda somnolienta. Las lágrimas se deslizaban a través del respiradero. Respirando soledad. Y el último corte de aquel vinilo de Nina Simone exhalaba su último aullido. En la cocina. Rodeado de libélulas sin oxígeno ni abstracción.
Cuando mis ojos lograron despegarse del miedo, todos los elementos flotaban como el silencio en la oscuridad. Se palpaban. Eras tú. Rodeabas el planisferio como un fantasma decoroso pero indecente. Como un espectro incisivo pero no exento de timidez. Llamabas con insistencia, el sol comenzó a moverse de forma especial. El desconcierto se apoderó de mi salvación. Todo giraba como una peonza desbocada, sin meta pero con un camino prefijado, como cuando el color de tus ojos se desteñía con el sol, cuando se derretía mi ilusión con la aridez de tu lejanía. El látigo de tu desidia me golpeaba con violencia. No cumpliste tus promesas, no alcanzaste tu paraíso, y, lo más importante, habías dejado de bailar...
El sol comenzó a apagarse y su movimiento cesó levemente. Decidí esconderme bajo la enorme cantidad de sábanas que cubrían mi solitario sino. Sus rayos las atravesaron como balas rojizas cargadas de pólvora. Y se incrustaban en mi cuerpo, aguijones, mientras una libélula logró hacerse paso por la rendija de mi puerta y se posó sobre el flexo que lunas antes había iluminado la tez desnuda de tu espalda somnolienta. Las lágrimas se deslizaban a través del respiradero. Respirando soledad. Y el último corte de aquel vinilo de Nina Simone exhalaba su último aullido. En la cocina. Rodeado de libélulas sin oxígeno ni abstracción.
sábado, 2 de febrero de 2013
estupidez interpersonal
Supongo que a cada uno de los imbéciles que habitamos este triste y divagante universo nos cae algún día esa sensación de no tener ni la más remota idea de qué es lo que estamos haciendo con nuestra monótona e irrisoria vida llena de vacíos tan grandes que no podemos ni imaginar una forma realista de llenarlos. Porque, al fin y al cabo no seríamos humanos si no nos cuestionásemos todo ese memorándum de supuestos objetivos que nos hemos marcado a nosotros mismos para no caer en la eterna decepción y la más devastadora auto-insatisfacción. Desperdiciamos cada maldito segundo pensando en lo que sería lo más adecuado hacer o dejar de hacer, lo que más nos favorece, lo que nos hunde, lo que provoca reacciones en los demás y lo que salva nuestro culo de la indiferencia y la marginación social por el simple hecho de que somos unos auténticos llorones empedernidos que jamás llegaremos a ningún lugar sencillamente porque el hecho de llegar a algún lugar está sobrevalorado. Toda una vida dedicada a planificar, crear, maravillarnos con el poder del futuro, de los planes que algún día, tarde o temprano, nos harán felices. Incluso llegamos a creérnoslo nosotros mismos. Nos adherimos a normas que ni si quiera sabemos qué coño significan, simplemente porque, oye, son normas, y aunque tampoco tenemos muy claro el significado de esa palabra en sí, pues como tenemos entendido que se conceptualiza algo así como una cosa que debe cumplirse, pues ya está, se cumple y a dormir siendo buenos chicos. La sociedad y las almas que la habitan están podridas, podridas debido al moho que los siglos han depositado sobre ella, sobre su reposacabezas, sobre su colchón, sobre su entera superficie. Somos seres despreciables, interesados, desgastados por el hedor de la ambición. Seres incapaces de ser felices. Porque el concepto de felicidad está también podrido.
La cuestión a día de hoy, en la mente de un pobre imbécil sin un futuro mejor que el de ningún otro, es qué podemos esperar de un lugar que sólo promete y nada cumple. Cabe la posibilidad de que en ciertas ocasiones el desasosiego nos posea y nos hunda en el fango hasta dejarnos sin una gota de ese preciado aire que nos mantiene con vida como supervivientes de un naufragio. Ese aire que nos hace sentir fuertes porque, qué diablos, junto a él somos fuertes, tan fuertes que podemos permitirnos hasta el lujo de tomar decisiones y actuar bajo propios criterios, sueño de ilusos. Sobreactuamos tanto en nuestra vida diaria que el concepto de personalidad me temo que existe sólo por servir de premisa. Cuanto antes asumamos que nuestra inutilidad se basa en la propia de todo lo que nos rodea, antes seremos capaces de superar el hecho de que progresar en unas arenas movedizas generalizadas es menos factible que ver a The Beatles reunidos de nuevo. De todas formas, siempre podemos quedarnos con sus mensajes de sexo, amor y pasión y pensar que algún día quizá nuestra propia banda se reúna. Incluso podemos soñar con que nunca se rompa. Seamos francos, los seres humanos hemos creado materiales que pueden hacer polvo al acero. Podemos vivir desenfadados, pero no podemos ser tan valientes como para poner nuestras míseras existencias al nivel de un metal que en porciones ridículas puede hacernos desaparecer. Somos polvo en el viento. Subimos y bajamos con las mareas. Podría pasarme la noche entera haciendo metáforas absurdas y plagiadas pero tengo demasiado sueño. Paz.
La cuestión a día de hoy, en la mente de un pobre imbécil sin un futuro mejor que el de ningún otro, es qué podemos esperar de un lugar que sólo promete y nada cumple. Cabe la posibilidad de que en ciertas ocasiones el desasosiego nos posea y nos hunda en el fango hasta dejarnos sin una gota de ese preciado aire que nos mantiene con vida como supervivientes de un naufragio. Ese aire que nos hace sentir fuertes porque, qué diablos, junto a él somos fuertes, tan fuertes que podemos permitirnos hasta el lujo de tomar decisiones y actuar bajo propios criterios, sueño de ilusos. Sobreactuamos tanto en nuestra vida diaria que el concepto de personalidad me temo que existe sólo por servir de premisa. Cuanto antes asumamos que nuestra inutilidad se basa en la propia de todo lo que nos rodea, antes seremos capaces de superar el hecho de que progresar en unas arenas movedizas generalizadas es menos factible que ver a The Beatles reunidos de nuevo. De todas formas, siempre podemos quedarnos con sus mensajes de sexo, amor y pasión y pensar que algún día quizá nuestra propia banda se reúna. Incluso podemos soñar con que nunca se rompa. Seamos francos, los seres humanos hemos creado materiales que pueden hacer polvo al acero. Podemos vivir desenfadados, pero no podemos ser tan valientes como para poner nuestras míseras existencias al nivel de un metal que en porciones ridículas puede hacernos desaparecer. Somos polvo en el viento. Subimos y bajamos con las mareas. Podría pasarme la noche entera haciendo metáforas absurdas y plagiadas pero tengo demasiado sueño. Paz.
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