Escondido bajo una montaña descolorida por la humedad. Bajo un tapiz resquebrajado por el paso de los años que se astillaba el día 32 de cada mes. Jugando, cuidadosamente, con las moléculas de oxígeno restantes, haciéndolas volar, con las yemas de los dedos, deslizándose como ángeles desnudos sin nada que perder, con constelaciones de vida y ensoñación intacta. Soñando con que el cielo puede desvanecerse en cualquier instante. Soñando con que la tierra no es más que un cimiento descontrolado. Con que el sinfín de planetas que desvarían alrededor de nuestras cabezas no son más que figuras insensibles, de cuidada forma esférica, jamás turbada, pero vacuos e indefinidos. La perfección se pagaba cara en el siglo XVIII.
Salió, abrió la puerta y las cebras habían desaparecido. Cucarachas devoraban las paredes de granito descosido, deshaciéndose en halagos perturbados, bailando tan sumamente despacio que el universo parecía haberse detenido. Las agujas del reloj se peleaban con su destino intentando retroceder. Lo intentaban de veras. Joder, parecía que lo conseguían. Era algo impresionante. Me impresionó tanto estar allí que no creo haber despertado todavía. Pero las cebras no estaban, de eso estoy seguro. Y aunque me digan lo contrario, puedo establecer de forma inequívoca que el sol brillaba con tal fuerza que me derribó como una firme tabla de acero implacable ante mis movimientos. Me sentí impotente y abatido, pero, al mismo tiempo me grité a mi mismo lleno de satisfacción. "Si alguien debía derribarte, era el sol, maldito hijo de perra".
Moví ligeramente mi dedo índice. Muy ligeramente, apenas se apreció. Estoy seguro de que las cámaras no lo apreciaron. Allí seguía, postrado en un recién barnizado parqué de caoba que acababa de pedir a Ikea un par de meses antes. La madera estaba jodidamente fría. Vaya si lo estaba. Fría como el sol que atizaba sin compasión. Los párpados pesaban exactamente lo mismo que un barco de vela hecho del mejor cartón que podáis imaginar. Cartón. Cartón. Y se rompió. La caja estaba vacía. El sol había vencido.
"Algún día me levantaré, pero no hoy. Por algo he pagado este puto parqué".
domingo, 29 de diciembre de 2013
sábado, 7 de diciembre de 2013
círculos purpúreos
Me prometiste que volar hasta la orilla sería un juego de niños. Que atravesar ese maravilloso océano, rebosante de experiencias inmateriales, colmaría la esfera de nuestra concepción. Prometiste sueños, soñaste con promesas y drogaste al universo con tu maldita sonrisa demoníaca por la que sin duda pagaría con mi alma cada día de mi vida. Mientras todos dormían, acariciaste mi pelo y me aseguraste que bajo ningún concepto dejarías que el sol se apresurase. Cada momento en su medida, cada marioneta en su caja de cartón. Sueños enlatados entre brisa y relámpagos. Una vez más, mentiste. Juro que mentiste. O eso creo.
Cuando mis ojos lograron despegarse del miedo, todos los elementos flotaban como el silencio en la oscuridad. Se palpaban. Eras tú. Rodeabas el planisferio como un fantasma decoroso pero indecente. Como un espectro incisivo pero no exento de timidez. Llamabas con insistencia, el sol comenzó a moverse de forma especial. El desconcierto se apoderó de mi salvación. Todo giraba como una peonza desbocada, sin meta pero con un camino prefijado, como cuando el color de tus ojos se desteñía con el sol, cuando se derretía mi ilusión con la aridez de tu lejanía. El látigo de tu desidia me golpeaba con violencia. No cumpliste tus promesas, no alcanzaste tu paraíso, y, lo más importante, habías dejado de bailar...
El sol comenzó a apagarse y su movimiento cesó levemente. Decidí esconderme bajo la enorme cantidad de sábanas que cubrían mi solitario sino. Sus rayos las atravesaron como balas rojizas cargadas de pólvora. Y se incrustaban en mi cuerpo, aguijones, mientras una libélula logró hacerse paso por la rendija de mi puerta y se posó sobre el flexo que lunas antes había iluminado la tez desnuda de tu espalda somnolienta. Las lágrimas se deslizaban a través del respiradero. Respirando soledad. Y el último corte de aquel vinilo de Nina Simone exhalaba su último aullido. En la cocina. Rodeado de libélulas sin oxígeno ni abstracción.
Cuando mis ojos lograron despegarse del miedo, todos los elementos flotaban como el silencio en la oscuridad. Se palpaban. Eras tú. Rodeabas el planisferio como un fantasma decoroso pero indecente. Como un espectro incisivo pero no exento de timidez. Llamabas con insistencia, el sol comenzó a moverse de forma especial. El desconcierto se apoderó de mi salvación. Todo giraba como una peonza desbocada, sin meta pero con un camino prefijado, como cuando el color de tus ojos se desteñía con el sol, cuando se derretía mi ilusión con la aridez de tu lejanía. El látigo de tu desidia me golpeaba con violencia. No cumpliste tus promesas, no alcanzaste tu paraíso, y, lo más importante, habías dejado de bailar...
El sol comenzó a apagarse y su movimiento cesó levemente. Decidí esconderme bajo la enorme cantidad de sábanas que cubrían mi solitario sino. Sus rayos las atravesaron como balas rojizas cargadas de pólvora. Y se incrustaban en mi cuerpo, aguijones, mientras una libélula logró hacerse paso por la rendija de mi puerta y se posó sobre el flexo que lunas antes había iluminado la tez desnuda de tu espalda somnolienta. Las lágrimas se deslizaban a través del respiradero. Respirando soledad. Y el último corte de aquel vinilo de Nina Simone exhalaba su último aullido. En la cocina. Rodeado de libélulas sin oxígeno ni abstracción.
sábado, 2 de febrero de 2013
estupidez interpersonal
Supongo que a cada uno de los imbéciles que habitamos este triste y divagante universo nos cae algún día esa sensación de no tener ni la más remota idea de qué es lo que estamos haciendo con nuestra monótona e irrisoria vida llena de vacíos tan grandes que no podemos ni imaginar una forma realista de llenarlos. Porque, al fin y al cabo no seríamos humanos si no nos cuestionásemos todo ese memorándum de supuestos objetivos que nos hemos marcado a nosotros mismos para no caer en la eterna decepción y la más devastadora auto-insatisfacción. Desperdiciamos cada maldito segundo pensando en lo que sería lo más adecuado hacer o dejar de hacer, lo que más nos favorece, lo que nos hunde, lo que provoca reacciones en los demás y lo que salva nuestro culo de la indiferencia y la marginación social por el simple hecho de que somos unos auténticos llorones empedernidos que jamás llegaremos a ningún lugar sencillamente porque el hecho de llegar a algún lugar está sobrevalorado. Toda una vida dedicada a planificar, crear, maravillarnos con el poder del futuro, de los planes que algún día, tarde o temprano, nos harán felices. Incluso llegamos a creérnoslo nosotros mismos. Nos adherimos a normas que ni si quiera sabemos qué coño significan, simplemente porque, oye, son normas, y aunque tampoco tenemos muy claro el significado de esa palabra en sí, pues como tenemos entendido que se conceptualiza algo así como una cosa que debe cumplirse, pues ya está, se cumple y a dormir siendo buenos chicos. La sociedad y las almas que la habitan están podridas, podridas debido al moho que los siglos han depositado sobre ella, sobre su reposacabezas, sobre su colchón, sobre su entera superficie. Somos seres despreciables, interesados, desgastados por el hedor de la ambición. Seres incapaces de ser felices. Porque el concepto de felicidad está también podrido.
La cuestión a día de hoy, en la mente de un pobre imbécil sin un futuro mejor que el de ningún otro, es qué podemos esperar de un lugar que sólo promete y nada cumple. Cabe la posibilidad de que en ciertas ocasiones el desasosiego nos posea y nos hunda en el fango hasta dejarnos sin una gota de ese preciado aire que nos mantiene con vida como supervivientes de un naufragio. Ese aire que nos hace sentir fuertes porque, qué diablos, junto a él somos fuertes, tan fuertes que podemos permitirnos hasta el lujo de tomar decisiones y actuar bajo propios criterios, sueño de ilusos. Sobreactuamos tanto en nuestra vida diaria que el concepto de personalidad me temo que existe sólo por servir de premisa. Cuanto antes asumamos que nuestra inutilidad se basa en la propia de todo lo que nos rodea, antes seremos capaces de superar el hecho de que progresar en unas arenas movedizas generalizadas es menos factible que ver a The Beatles reunidos de nuevo. De todas formas, siempre podemos quedarnos con sus mensajes de sexo, amor y pasión y pensar que algún día quizá nuestra propia banda se reúna. Incluso podemos soñar con que nunca se rompa. Seamos francos, los seres humanos hemos creado materiales que pueden hacer polvo al acero. Podemos vivir desenfadados, pero no podemos ser tan valientes como para poner nuestras míseras existencias al nivel de un metal que en porciones ridículas puede hacernos desaparecer. Somos polvo en el viento. Subimos y bajamos con las mareas. Podría pasarme la noche entera haciendo metáforas absurdas y plagiadas pero tengo demasiado sueño. Paz.
La cuestión a día de hoy, en la mente de un pobre imbécil sin un futuro mejor que el de ningún otro, es qué podemos esperar de un lugar que sólo promete y nada cumple. Cabe la posibilidad de que en ciertas ocasiones el desasosiego nos posea y nos hunda en el fango hasta dejarnos sin una gota de ese preciado aire que nos mantiene con vida como supervivientes de un naufragio. Ese aire que nos hace sentir fuertes porque, qué diablos, junto a él somos fuertes, tan fuertes que podemos permitirnos hasta el lujo de tomar decisiones y actuar bajo propios criterios, sueño de ilusos. Sobreactuamos tanto en nuestra vida diaria que el concepto de personalidad me temo que existe sólo por servir de premisa. Cuanto antes asumamos que nuestra inutilidad se basa en la propia de todo lo que nos rodea, antes seremos capaces de superar el hecho de que progresar en unas arenas movedizas generalizadas es menos factible que ver a The Beatles reunidos de nuevo. De todas formas, siempre podemos quedarnos con sus mensajes de sexo, amor y pasión y pensar que algún día quizá nuestra propia banda se reúna. Incluso podemos soñar con que nunca se rompa. Seamos francos, los seres humanos hemos creado materiales que pueden hacer polvo al acero. Podemos vivir desenfadados, pero no podemos ser tan valientes como para poner nuestras míseras existencias al nivel de un metal que en porciones ridículas puede hacernos desaparecer. Somos polvo en el viento. Subimos y bajamos con las mareas. Podría pasarme la noche entera haciendo metáforas absurdas y plagiadas pero tengo demasiado sueño. Paz.
lunes, 26 de noviembre de 2012
lágrimas secas
Dejadme hablar de una vez. No pido un altar, no pido el cielo ni similares y creo que resulta obvio que lo único que anhelo es que alguien tenga la decencia de escuchar. Creo que ni los más críticos pueden abnegar de la clara propensión del ser humano a la pérdida de ciertas características como puedan ser esa que acabo de citar. Escuchar. Tan simple y tan... no se me ocurren más adjetivos. Lo siento. No estoy acostumbrado a que me dejen hablar tanto tiempo seguido y la falta de costumbre lo único que crea es incapacidad. Si lo negáis, me da igual. Si estáis de acuerdo, y sin dejar de sorprenderme, también. Puede que la arrogancia sea un defecto pero me parece a mí que pecamos un poco todos de indiferencia, de desdén, de desarraigo... un poco de arrogancia y personalidad no vendría mal a nadie, ¿o sí?
Cuando me levanto cada día y observo con quietud y diligencia el movimiento de las hojas por la ventana, el sonido titubeante del viento, y todas esas abrumadoras figuras poéticas hechas realidad, lo único que siento para mi sorpresa es lo mismo que todo hombre o mujer que se sitúa en mi lugar. Absolutamente nada. Estamos demasiado ciegos con esa nueva moda de no sentir nada, de no importarnos ni lo que pensándolo fríamente nos destrozaría lentamente. En el invierno del hastío todo es gris y nada es blanco o negro, y no echamos de menos sentir porque nunca, a lo largo de nuestra insípida y miserable vida, lo hemos hecho. Y después nos preguntamos que hacemos y la respuesta es fácil. Vivir. ¿En realidad nos estamos tomando en serio a nosotros mismos? Nadie se cree nada a estas alturas... realmente todo es un continuo desprecio hacia el cariño y todo ese tipo de sensiblerías patéticas que nos parecen demasiado lejanas como para reducirnos a ellas. Lo peor es que dentro de nosotros nos hundimos sin ese tipo de sensaciones, sin ese gota a gota que nos dé la vida, que nos haga sentir lo que realmente es.
Por eso, cuando vuelva a callarme, todo seguirá igual que antes. Porque cuando afirmamos que somos polvo en el viento nos estamos subestimando y porque, sin duda, ninguna hoja siente nada, cada mañana, mientras cae lentamente, con respecto a nosotros, al fin y al cabo eso es más de lo que somos... odio tanta recurrencia con las hojas pero sigo sin estar acostumbrado a entonar monólogos y sin duda pasa factura...
Sin duda a todos nos encanta lo de los puntos suspensivos, nos vuelve locos, nos mantiene firmes. Nada más lejos de la realidad. Todo se acaba y nada avisa. Nuestra vida se describe rápido y de forma concisa. Con un punto final.
Cuando me levanto cada día y observo con quietud y diligencia el movimiento de las hojas por la ventana, el sonido titubeante del viento, y todas esas abrumadoras figuras poéticas hechas realidad, lo único que siento para mi sorpresa es lo mismo que todo hombre o mujer que se sitúa en mi lugar. Absolutamente nada. Estamos demasiado ciegos con esa nueva moda de no sentir nada, de no importarnos ni lo que pensándolo fríamente nos destrozaría lentamente. En el invierno del hastío todo es gris y nada es blanco o negro, y no echamos de menos sentir porque nunca, a lo largo de nuestra insípida y miserable vida, lo hemos hecho. Y después nos preguntamos que hacemos y la respuesta es fácil. Vivir. ¿En realidad nos estamos tomando en serio a nosotros mismos? Nadie se cree nada a estas alturas... realmente todo es un continuo desprecio hacia el cariño y todo ese tipo de sensiblerías patéticas que nos parecen demasiado lejanas como para reducirnos a ellas. Lo peor es que dentro de nosotros nos hundimos sin ese tipo de sensaciones, sin ese gota a gota que nos dé la vida, que nos haga sentir lo que realmente es.
Por eso, cuando vuelva a callarme, todo seguirá igual que antes. Porque cuando afirmamos que somos polvo en el viento nos estamos subestimando y porque, sin duda, ninguna hoja siente nada, cada mañana, mientras cae lentamente, con respecto a nosotros, al fin y al cabo eso es más de lo que somos... odio tanta recurrencia con las hojas pero sigo sin estar acostumbrado a entonar monólogos y sin duda pasa factura...
Sin duda a todos nos encanta lo de los puntos suspensivos, nos vuelve locos, nos mantiene firmes. Nada más lejos de la realidad. Todo se acaba y nada avisa. Nuestra vida se describe rápido y de forma concisa. Con un punto final.
martes, 16 de octubre de 2012
suave balanceo
Esa hoja no cesa en su movimiento. El viento la arrastra de un lado a otro, de arriba a abajo, sin tregua ni respiro. Suave, como la caricia de la yema de unos dedos, como el movimiento acompasado del pelo al caminar, como el sueño de conseguir alcanzar los magnánimos objetivos y dejar atrás el dolor, la angustia, la desesperación... Demasiado suave... La brisa no ahuyenta los miedos, no deja escapar el sufrimiento, no lo hace porque carece de fuerza, está apagada, sin luz, sin aire... no es más que la falsa apariencia de un movimiento constante que se basa en la rigidez. Ni un paso, ni siquiera atrás, ni una decisión, ni un gramo de valor. La hoja sube y baja pero en el fondo nunca se ha movido. No buscamos brisa... buscamos vientos huracanados que nos agiten, que nos despierten, que nos hagan sentir vivos y valorar el propio hecho de estarlo, necesitamos que nos empujen, llegar al límite y evitarlo, sortear obstáculos, romper metas, necesitamos un soplo de aire gélido que entre en nuestros ojos, que nos ataque, que nos haga indefensos, un sol ardiente, una vida plagada de contrastes, de sorpresas, de inesperadas dificultades que faciliten el camino.
No necesitamos una estrella titubeante, no podemos permitirnos recibir la brisa que nos acomode. Cuando pisamos el terreno encharcado de la costumbre nada puede salvarnos. Nos absorbe, nos ahoga, nos quita la chispa del viento, nos anula por completo y nos encierra en un círculo de lágrimas, lágrimas que aparecen por cada vértice, lágrimas profundas, lágrimas de frustración, lágrimas tan reales que inundan nuestro universo de tristeza y abatimiento. Huyamos de esa armonía fingida y dejemos que el sol seque nuestros ojos... Seamos capaces de compadecernos de la vacía belleza de las hojas sin ser partícipes de su rígido vaivén. No compartamos su destino.
No necesitamos una estrella titubeante, no podemos permitirnos recibir la brisa que nos acomode. Cuando pisamos el terreno encharcado de la costumbre nada puede salvarnos. Nos absorbe, nos ahoga, nos quita la chispa del viento, nos anula por completo y nos encierra en un círculo de lágrimas, lágrimas que aparecen por cada vértice, lágrimas profundas, lágrimas de frustración, lágrimas tan reales que inundan nuestro universo de tristeza y abatimiento. Huyamos de esa armonía fingida y dejemos que el sol seque nuestros ojos... Seamos capaces de compadecernos de la vacía belleza de las hojas sin ser partícipes de su rígido vaivén. No compartamos su destino.
lunes, 16 de julio de 2012
flor en el hielo
Supongo que cuando de repente te das cuenta de que no puedes abrir los ojos es algo bueno. Cuando llevas tanto tiempo preguntándote las razones, buscando explicaciones a todo eso que parece no tenerla, cuando eso ocurre lo único que no esperas es encontrar esas razones. Y por eso es lógico que te desconcierten, que te abrumen, que no sepas reaccionar, pero no es necesario... Puede parecer que no estás preparado, que se te queda grande conocer el por qué de todo esto, que no entiendes la razón por la cual tu debes entenderlo, a veces las cosas no son como esperas, o peor, son exactamente como tú lo habías esperado, y la verdad, si hay que elegir me quedo con lo primero. Por eso cuando veas toda esa luz no te apartes, no tengas miedo a que te ciegue, esa luz es todo lo que llevas esperando inconscientemente durante tanto tiempo, y contemplarla y cegarte es lo más bonito que te ha podido ocurrir, debes reaccionar y darte cuenta de ello...
Y es normal que tengas miedo, miedo de muchas cosas, porque cuando se tiene algo que perder el miedo no es algo que podamos eliminar, pero tienes que ser valiente, tienes que aprender que a veces el mundo no hace las cosas sólo para hacerte daño, que hay momentos destinados a hacerte sonreír y que son más de los que habías esperado... Déjate llevar por eso, deja que te supere, no lo controles...
Llega un momento en la vida en el que hay que dejar a un lado las suspicacias y los detalles sin importancia y centrarse en lo que de verdad está ahí para ti, en eso que te hace sentir alguien, que no te deja dudas sobre que esto merece la pena... en eso que te hace ver todas esas razones, en eso que es todas las razones que buscaba... cuando a pesar de que todo vaya mal, ese algo te permita escapar de lo demás y sonreír... no malgastes tus sonrisas...
Y es normal que tengas miedo, miedo de muchas cosas, porque cuando se tiene algo que perder el miedo no es algo que podamos eliminar, pero tienes que ser valiente, tienes que aprender que a veces el mundo no hace las cosas sólo para hacerte daño, que hay momentos destinados a hacerte sonreír y que son más de los que habías esperado... Déjate llevar por eso, deja que te supere, no lo controles...
Llega un momento en la vida en el que hay que dejar a un lado las suspicacias y los detalles sin importancia y centrarse en lo que de verdad está ahí para ti, en eso que te hace sentir alguien, que no te deja dudas sobre que esto merece la pena... en eso que te hace ver todas esas razones, en eso que es todas las razones que buscaba... cuando a pesar de que todo vaya mal, ese algo te permita escapar de lo demás y sonreír... no malgastes tus sonrisas...
miércoles, 30 de mayo de 2012
aínotonom
Y eso es lo que es la monotonía. Gente hacia arriba, siempre la misma gente, siempre la misma cuesta, siempre las mismas circunstancias, siempre los mismos gestos, siempre las mismas situaciones. Gente que sonríe, que llora, que no varía, que está programada, que siempre resulta uniforme, gente y sólo gente. Que escupen en las alcantarillas, que se sobrecogen en la oscuridad, que gritan cuando se sienten libres, que bailan cuando escuchan música, que se suben a los árboles por no bajarse de ellos. Que aparentan, que son felizmente tristes, que guardan un vacío eterno, que creen que el futuro será diferente, que creen en el cambio, el cambio en la monotonía, sin salirse de ella, sin mover un dedo, sin atarse ni soltarse, sin saber lo que es en realidad la felicidad. Que sueñan con sueños, que no son capaces de imaginar un cielo sin azul, que no son útiles ni para ellos mismos, que no son... Que explotan inmóviles, que se esconden en un campo abierto, que desgarran una mirada con una sonrisa y piensan que el sol no brilla más porque en realidad existe algo más que la luna capaz de eclipsarlo. Que bailan y ríen y sienten y creen hacer todas estas cosas porque es lo predispuesto, lo que se supone que deben hacer, que deben volar con los pies en el suelo y ser valientes sin arriesgarse. Gente... Y ahora procederé a explicaros lo que es la monotonía.
¿Cielo azul? Adiós.
¿Cielo azul? Adiós.
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