sábado, 16 de mayo de 2015

lapislázuli y demás losas

Aquella tarde me terminé el café más rápido de lo habitual. Más adelante me arrepentiría de haberlo hecho. Ardía en pasión (el café). Con la lengua efervescente empecé a correr a través de aquella travesía coloreada con rosas y alhelíes. Había un par de jóvenes cantando algo similar al 'Ain't no sunshine when she's gone' en plena calle, pero apenas les presté la menor atención. Primer error.

Supongo que estaba deseando llegar a mi destino. Corría y corría, sin saber bien por qué, pero la verdad es que la velocidad me hacía sentirme bien. El viento rociaba mis mejillas con su pólvora incandescente y mi sonrisa desdibujada encontraba cobijo temporal en sus rachas irregulares. Mis piernas, desgastadas, no opinaban lo mismo.

Al cabo de un rato galopando sin control, empecé a sentirme verdaderamente exhausto. ¿Cuál era mi objetivo en aquella carrera nocturna? Creo que todavía no he llegado a comprenderlo, cuatro meses después, Pero sí entiendo que lanzarte al desamparo no puede ser algo que se haga de forma injustificada. Mientras tanto, sigo aquí detenido, exhalando bocanadas de aire que mi respiración entrecortada alcanza con dificultad. Observando a aquellos jóvenes cantar esa puta canción. Quizá tenían razón. O quizá mi carrera desenfrenada no iba a ningún lugar.

miércoles, 22 de abril de 2015

acaríciame

Qué tarde más fría. Los pájaros no volaban, no querían, les daba miedo. El aire era tan gélido que se habrían congelado en el viento emulando a una suerte de copos de hielo que descenderían del cielo gris. En lugar de eso - sabios -, se escondían en los agujeros de los árboles, que a su vez notaban como sus raíces se tambaleaban por la fuerza de la tempestad. La tarde era verdaderamente fría. Y era una tarde muy tardía, además. Extremadamente tardía.

Bajo diez colchones, aunque sin ropa, tú bailabas indiferente. El hielo cubría las ventanas pero nunca, jamás, se le habría ocurrido traspasarlas. Dicen que el hielo es bastante respetuoso y, a decir verdad, nunca había tenido oportunidad de verificarlo. Ojalá hubiese sido el caso. Pero tu baile no era amigo de las caricias. Yo sí sufrí el frío. Y es que los árboles no quisieron - ¡díscolos! - dejarme entrar en su refugio ancestral.

Supongo que llegó algún punto en mi travesía sobre las hojas caídas en el que asimilé al invierno como mi estación perpetua. No está tan mal. El invierno, claro. No es que haya mucha nieve como en las películas, aunque repito que sí hace un frío de cojones. El caso es que ya no hay sábanas, ni hogueras, ni sonrisas, ni caricias. Nunca las hay. Pese a todo, la arena mojada, con su tacto bajo los pies, es bastante agradable. 

A veces todavía me detengo entre los árboles, ¿por qué no?, dicen que se respira mejor. La verdad es que no lo he notado, pero supongo que soy un mal respirador y quizá un mejor suspirador. Pero bueno, los pájaros siguen escondidos. Todos están bien. Pronto volarán. Quizá.

sábado, 4 de abril de 2015

¿bailas?

Caminaba alrededor de aquel parque todas las noches mientras consumía un cigarrillo. Quizá lo hacía porque prefería lanzar las colillas apagadas directamente al contenedor y evitar al pobre barrendero la tarea de recogerlas allí donde yo las había tirado. Realmente daba igual recoger treinta y siete colillas que treinta y ocho, pero supongo que yo me sentía mejor. Era mi momento caritativo del día. Volvamos al parque.

Era un parque bastante común, en realidad. Había un pequeño muro que lo rodeaba y que alcanzaba más o menos la altura de las rodillas de un adulto común, más o menos la misma que el agua de una playa en Barcelona. Dentro de ese acorazado de granito se encontraban, sobre la arena, un par de columpios metálicos algo envejecidos. A su izquierda se dibujaba la silueta de un tobogán que por la noche se volvía incluso bonito con el reflejo de la luz cálida que emitía la farola que se situaba detrás de él. Era un parque bastante cutre, en realidad.

¿Por qué iba siempre a ese puto parque? Esa pregunta es probablemente la que muchos os haréis, o quizá no, porque sería lógico que no os importase una mierda el motivo. Os comprendo, no pasa nada. El caso es que lo voy a explicar, porque mis razones creo superaban los tópicos de “aquí besé a mi novia”, “está debajo de mi casa”, “me gustan los parques” y demás vulgaridades subatómicas que tanto se ven repetidas en los ojos de mis vecinos y conciudadanos.

El caso es que el maldito parque me recordaba a una pista de baile. Y no, no me refiero al tipo de baile consistente en rozar el suelo con los pies, acariciar mejilla con mejilla ni sonreír como si te acabasen de comunicar que el perro Pancho estaba de parranda. No. Ni de coña me recordaba a ese tipo de baile. Habría estado absolutamente loco si así hubiese sido. Pero no lo fue. No me imaginaba bailando contigo alrededor de los columpios, ni dibujando nuestras sombras bajo la luz de aquella farola sin cristales. En absoluto. Habría estado loco. Sí. Lo habría estado. Así que, sin más, me olvidaba del baile y encendía otro cigarrillo. Y vuelta a empezar.

domingo, 1 de marzo de 2015

pájaros de papel albal

Aquella tarde no fue diferente a la de los demás días, en realidad. Me levanté alrededor de las dos, ya pasado el mediodía y víctima de mi afán trasnochador sin utilidad aparente. Caminé despacio, enfundado en mis zapatillas de superhéroe, hacia el cuarto de baño en el que me esperaba una ducha tibia enjuagada con jabón de manos. La caldera se apagó, como cada día, apenas cinco minutos después. Me sequé, aclaré el espejo con mi antebrazo para peinarme con mis propias manos y me puse la camisa del día anterior porque, de todas formas, ¿quién iba a enterarse? 

Calenté un poco de arroz con carne (también del día anterior) y me lo comí, intercalándolo con pequeños sorbos de una garrafa de cinco litros de agua previamente rellenada en el fregadero. Dejé los platos sin limpiar sobre la encimera y recogí mi abrigo y mi gorro del sillón en el que los depositaba cada día, enfundándome en ellos con la intención de salir al exterior. Joder, puto frío. Una vez más, maldije haber perdido aquellos guantes roídos que me habían hecho sobrevivir durante los tres meses más jodidos del invierno. El sol siempre intentaba ganar protagonismo, pero le estaba costando un esfuerzo descomunal este año. Después de cinco minutos caminando al desamparo de un cielo sumamente gris, rebusqué en mi cartera hasta encontrar mi desgastada tarjeta de transporte. Debido a que mis manos estaban considerablemente entumecidas, extraer el puto cartón de entre la sanitaria y la universitaria no fue nada sencillo. El tren, en un alarde de compañerismo, arrancaba ese preciso y traidor instante y me dejaba allí, sentado en aquel banco de metal que congelaría mis huesos durante más de veinte minutos.

¿A dónde estaba yendo? ¿Buscaba algo al subirme a aquel tren? Probablemente no. Pero sentado allí, comiéndome un cutre Twix que acababa de limpiar mi bolsillo, pude pensar. Pensar en cosas que, normalmente, intentaba evitar. Al morder aquella capa de chocolate con leche y sentir esa masa empalagosa de caramelo que surgía de su interior, me di cuenta de que yo no era tan distinto de aquella barrita de chocolate tan cara y tan pequeña. Allí postrado, sin nadie alrededor y en el medio de la nada, me sentí ridículamente pequeño. Más pequeño que un pez de colores en el Pacífico. Y, lo que es peor, me di cuenta de que mi interior era como el de aquel Twix. Había asumido tanto mi papel secundario en la obra de mi propia vida que, en aquel momento, bajo mi piel sólo había un millón de partículas solidificadas, pegajosas y sin orden aparente. No era nadie. 

En ese momento sentí algo extraño, una sensación totalmente nueva para mí, algo similar a una levitación más mental que física. Me vi a mi mismo separarme de mi propio cuerpo y alzarme atravesando el techo de aquella estación, observando atónito cómo mi otro yo se terminaba el Twix sin apenas preguntarme si nos dividíamos el pedazo que quedaba. Y entonces ocurrió. Sentado en aquel tejado, etéreo y volátil como nunca, me vi a mi mismo sin necesidad de un espejo. ¿Y sabéis lo peor de todo? Sentí lástima. Lástima no por haber comido lo mismo durante cuatro días consecutivos, ni por no tener champú ni por haber perdido unos guantes más ancianos que la crisis. Sentí lástima porque no me vi capaz de sonreír. Y eso supongo que me dolió. Siempre me habían dicho que tenía apariencia triste y huraña, pero nunca había imaginado que llegaba hasta ese punto. O quizá es que nunca lo había hecho. Pero no creí que mereciese la pena. Al fin y al cabo, todavía me quedaba arroz para un día más.

domingo, 19 de octubre de 2014

balas al corazón

Llovía. Lo hacía de forma intensa, tanto que haber salido de aquella habitación sería una absoluta locura desde cualquier perspectiva. El agua rociaba nuestra ciudad de manera acuciante, mientras nos escondíamos bajo las sábanas de nuestro presente más pretérito sin tipo alguno de remordimiento. Las ventanas de mis ojos se bañaban con la más aguda de las tempestades, agitadas por un feroz viento y una serie inmensa de relámpagos sin compasión. Estábamos confusos. todo estaba en desorden. Si me preguntase a mí mismo dónde y cuándo ocurrió todo, ninguna respuesta medianamente coherente viajaría por mi mente. 

El caso es que nunca me interesó preguntármelo. Desplazándome, volátil, entre líneas de espacio y tiempo desbocadas, no se me pasó por la cabeza ni un segundo el hecho de querer saber qué estaba ocurriendo. Simplemente me limitaba a escuchar la lluvia caer, impávido, sobre el parqué, sin apenas tener recuerdos reales de cómo había llegado allí. La madera chirriaba un poco, el frío la había encogido y mi peso la hacía temblar. Aquel no parecía un escenario habitual para mí, siempre seguro, siempre cobijado, siempre temeroso. Pese a todo y extrañamente, no tenía miedo.

Después de horas alejado de toda percepción física, desperté y noté su aliento en mi mejilla. Me giré, sobresaltado, y rápidamente percibí sus dedos entrelazados con los míos. Las paredes de cartón se habían convertido en muros infranqueables y el feble suelo de madera roída en un césped puro como el cielo estival. Entre las hojas, sus ojos verdes somnolientos parpadeaban tímidos y, por un momento, llegué a sentir un sol cegador caminando a través de un pequeño tragaluz. Si no hubiese llegado a saber que aquel día la ciudad se inundó, habría creído que la lluvia, a su lado, no era más que un cruel invento de la imaginación. 

jueves, 7 de agosto de 2014

mármol

Me levanté, al atardecer, y habría jurado que el sol todavía brillaba en lo más alto de aquel cielo gris cubierto de desesperación. Nunca creí realmente que su brillo se fuese a apagar. ¡Era cegador! Tampoco comprendí su ciclo, ni se me ocurrió jamás preguntar al respecto. Tú volabas como una maldita ave fénix, resurgiendo entre el fulgor de la luz pasada, mientras yo, aquí postrado, apenas puedo todavía mirarte a los ojos sin que se estremezca cada rincón de mi cuerpo.

Supongo que siempre he sido un simple idiota persiguiendo tu lánguida sombra, soñadora de noches cálidas rodeando tus pies con la imaginación. Tus sábanas fueron mi refugio durante eternidades gélidas, pero un día decidiste que su calor no congeniaría más tiempo con mi pelo desordenado y mis ideas de vagabundo por tus ojos. Me expulsaste, cerrando la puerta con tal fuerza que apenas tuve tiempo para escurrir mi ropa entre sus rendijas. Y esperé. Vaya si lo hice.

Sentado en tu portal como un moribundo en una tempestad enloquecida, divagando sobre las ondas de tu aspereza y volando a través de tu ventana sin respiradero. Pretendí volver a ti, noche y noche, pero nunca fui lo suficientemente valiente. Nunca lo he sido. Hoy, aquí, te echo de menos. Y no lo digo por el mero hecho de que no estés a mi lado, sino porque contigo voló mucho más que tu aroma a sal y amapolas. Tras tus pasos se desvaneció una enorme parte de aquello en lo que yo mismo había logrado convertirme. Un pedazo de mí y de ti. Algo que se elevaba en el viento sin intención de mirar atrás. Sin tu océano de miradas. Sin rastro del amanecer nocturno.

domingo, 3 de agosto de 2014

apenas muchísimas veces

No he entendido del todo el por qué de tus manos escurriéndose tras mi puerta. Puede que simplemente sea mi cabeza, desordenada, abofeteada, la que ha dibujado tu silueta bajo cada puente, observándola a continuación con simple pero atento mirar, sintiéndola en mis dedos como si el tiempo se detuviese por un instante y, de nuevo, pudiese llegar a sentirte, sentada, a mi lado, gritándome en silencio. Nunca te pedí más. Vivirte era como recordar un mismo sueño día tras noche, abrazándonos en un círculo de fuerza portentosa pero delicado a la vez, sin límites pero también sin objetivos.

Nunca nadie entendió, tampoco, el por qué de que mis pies se adormilasen al perseguirte, de que mis ojos vagueasen en el momento en que girabas en la esquina más cercana. Nadie comprendió que mis pulmones, vacíos de tu respiración, jamás podrían volver a coger aire sin tenerte cerca. Nadie se hizo una idea de lo que podría haber llegado a escalar por tu sonrisa, de todo lo que podría haber imaginado con mis sueños de simple idiota enamorado, de cómo mis dedos podían haberse deslizado sobre una hoja de papel sólo con escuchar tu tímido resplandor.

Cada detalle de tu figura, cada matiz de tu sombra, todo ello me ha valido para crear en mi mente de absurdo cobarde una viva imagen de lo que significamos. Habríamos roto el universo si nos lo hubiesen pedido. Éramos invencibles. Invenciblemente opuestos. Y en ese eterno océano que nos separa, partículas de estrella se alinean para unirnos. Sé que lo hacen. Me encantan las estrellas. Me encantas tú.