miércoles, 15 de agosto de 2018

esta es una cueva en la que no quieren vivir los monstruos

Cierro los ojos. Me digo: venga, tienes que hacerlo. Esta vez sí. Hace ya demasiado tiempo que es demasiado tarde, pero tienes que intentarlo. ¿Qué otra cosa cabría hacer? Tengo miedo, un miedo terrible. Llevo toda la vida diciéndolo, asegurándote que estoy tan asustado que no puedo conseguir mover los dedos gordos de los pies con la mínima habilidad requerida. Abro despacio la puertecita del horno por si acaso me quemo, cierro con precaución las puertas de los coches, por si mis dedos se quedan encerrados, por si se me amputan partes del cuerpo; me palpo el cuello incesantemente, en busca de protuberancias, de bultos que simbolicen el final. Me acaricio las piernas porque quiero y necesito que algunas manos me recuerden el calor perdido. Me acaricio las piernas. Cada vez me las acaricio menos. Y pienso, cuando me despierto acongojado y no amanece porque es de noche, sabes, ¡de noche! Siempre es de noche aquí, qué existe aparte de la noche, no lo sé, no lo sé, ¿lo sabes tú? Tengo tanto miedo, sabes. Tantísimo miedo a estar solo, a que los pies se me queden atrás, a entrar en contacto con la posibilidad de decepcionarte si aparezco y no soy lo que esperabas, porque no es posible que lo sea; y si lo soy me encargaré de dejar de serlo, porque no sería justo, ¿sabes? No soy yo quién para satisfacer tus expectativas. Te echo tanto de menos que es como si me estuviesen arrancando las arterias una a una con manos de uñas afiladas, me están descomponiendo, descuartizando, tú te paras, ¡no respiro! yo me río, me río porque soy un ser humano enfermizo, soy una persona despreciable, alguien que no se merece amor, estoy seguro, no merezco amor, no lo merezco, ¿por qué iba a merecerlo? ¿Qué he hecho yo para merecerlo? Nada. Nada en absoluto. He intentado amar, lo he intentado de verdad. Si al final me siento frente al espejo creo que podré decir eso y no sentir vergüenza. Porque es verdad. Pero entro en los túneles siempre, siempre en las cuevas. Y allí no es posible que nadie me rescate, ni aquellas personas a las que amo, ni los monstruos que corren asustados ante mi oscuridad. Yo los espanto, porque no tolero la felicidad, porque no tolero la posibilidad de que mi vida pueda transcurrir sin ningún tipo de impedimento. Tengo que sentarme y destrozarla, coger los metales y reventarla, deshacerla como los niños cuando rompen las piñatas en busca de caramelos. Yo destrozo la felicidad en busca de tristeza, de soledad, porque eso es lo único que existe, el único rincón en el que encuentro verdad. Y desprecio a aquellos que defienden que la vida es demasiado corta para pasarla sufriendo, porque no es vida si no se sufre, porque qué es vivir sino sangrar, sangrar todo lo posible. Yo solo me encuentro cuando busco en la carne, cuando me abro las manos con los cuchillos, porque ahí me doy cuenta de que todavía estoy vivo. No por las calles, con los susurros alrededor, eso no es más que un plastiquito deforme que me envuelve, yo no quiero estar envuelto, ¿entiendes?, quiero nadar aunque sea en ríos de sangre, quiero encontrar el desamor porque es la única sensación que me apega a la tierra, que me propulsa y me da motivos para existir. Quiero perderlo todo. Quiero perderme ya; de tanto buscarme he acabado siendo lo que soy ahora. Me escupo encima y sigo caminando.

lunes, 30 de abril de 2018

cosas que aprendí (I)

He echado la vista atrás recientemente y he visto un precipicio.

Las piedras se han acumulado últimamente y uno se ve obligado a subir mucho más alto y a una velocidad mucho mayor de lo que estaba acostumbrado.

La parte buena de la escalada: llevarla a cabo con unas buenas cuerdas que te sujeten al mundo.

Hoy una de mis cuerdas está de cumpleaños, una de mis dos cuerdas primitivas, las que me acompañan desde que alguien me nombró y empecé a ser. Hoy cumples años, papá, y vuelvo a echar la vista atrás y te veo reflejado en lo que ahora soy.

Ese reflejo me hace aprender.

Aprender a estar. A querer estar con las personas que quiero y hacerlo sin exigir nunca nada a nadie. Tú estás contento porque estás con nosotros, y eso es como tener una bombona de oxígeno inagotable escondida debajo de las costillas. Anhelo tu habilidad para desprenderte de ti mismo y asumirte como una parte más del engranaje que hace que las cosas giren. Quizá el engranaje oculto, o el que los demás no se paran a ver, pero el mismo que consigue, escondido debajo de todas esas capas de palabras que tú no necesitas, que el mecanismo siga funcionando.

Aprendo de ti a abanicar mi presencia en los silencios. Y a que las cosas no siempre funcionan por declamación: cuando uno se ve forzado a reafirmar su presencia de forma constante es que quizá los demás no la cuenten como algo estable. Tú no necesitas avisarnos de que vas a estar esperándonos cuando giremos las esquinas de nuestras vidas, porque eso ya lo sabemos. Porque el amor es una cosa arrancada de las palabras y profundamente elocuente. Y es fácil darse cuenta de que tú nos quieres. Esa es una palabra redonda, que te llena de aire la boca, pero solo cuando se sabe que no es solo una palabra.

Contigo estoy cómodo, de ti aprendo buena parte de las cosas que sé, y así construyo lo que soy.

¿Sabes, papá?

Me queda mucho por aprender.

Y a ti mucho por enseñarme.

Te quiero mucho. Feliz cumpleaños.

lunes, 19 de marzo de 2018

sí es mi pendo

hola, dicen los que llegan:
hola, papá.

estas son letras sobre el vacío
la verbalización imposible de las cosas veladas,
el esfuerzo pulmonar, linfático
todo el cuerpo en aspiración
para llegar a las palabras.

-

hola, dice el calendario:
es el día en que uno habla.

y los silencios y el cariño que me guardo
todos desprendidos de mi cáscara
las grietas agrietadas
redunda, redunda, redunda mi amor,
feliz día, papá.

feliz día de escucharme, de leer las plegarias
de mis abrazos silentes a través del frío;
los metros que se comprimen
tantos metros, todos comprimidos,
hoy, solo hoy, papá.

-

hola, dicen las piruetas,
los arcos opulentos de mi lenguaje:
las costras de las heridas que no cerramos
la sangre coagulada que nos cubre la piel.

cuándo nos veremos, pronto, pronto papá,
y tu cara encogida,
los ojos alargados, sonrientes,
qué bien cuando sonríes;
qué paz, qué calor,
hoguera de familia en el pecho.

en los días grises, los otoños
estás tú igual que en el recuerdo soleado,
esperando amanecer, porque sabes:
amanecerá.

-

te quiero, papá:
las dos palabras que se esconden en los vértices,
las que callamos siempre, son como dos torres.

tú siempre te subes a las piedras
para ver el mar.

tienes razón: encima de las piedras
está el cielo sin nubes,
claro que tienes razón,
quién iba sino a tenerla.

-

adiós, dice el día de las palabras.

yo te pido que las recuerdes,
y que mañana, en el silencio,
sean voces de amor las que escuches.

voces infinitas, inmortales,
las voces de tus hijos:
te quieren hoy,
te quieren siempre.

jueves, 15 de febrero de 2018

el delirio

Es una sensación metálica. La generación repentina de una placa acerosa que te separa de la realidad. Eso es todo lo que puedo decir sobre la pérdida. Pérdida. Es una palabra informe, un ente que nada significa. Perder. ¿Qué es perder? Perder es un delirio, una travesía onírica hacia la incertidumbre. Es la recomposición mística de las piezas. Te arranca el mundo la pieza central y todas desfilan para cubrir la posición vacía. 

Pasan unos días y las calles ya vuelven a oler de la misma forma. He pensado unas cuantas veces que eso es intolerable. Que tras la muerte nada debe ser lo mismo. ¿Cómo iba a serlo? Es imposible. Así que naufrago en la búsqueda de esas respuestas ondeantes, las luces que atisbo y nunca podría alcanzar con mis manos. Y de todas las preguntas solo me queda el metal que encuentro en mi pecho, no me queda más que el delirio.

La muerte es una cosa imposible. Podría asegurar que alguien no está muerto mientras yo no lo sé, aun sabiendo que no es así. Aun sabiendo que, mientras yo duermo plácidamente en un mundo a salvo del sepulcro, alguien a quien todavía coloco en el centro del tablero ya ha desaparecido. Está a salvo en mi mundo durmiente, pero ya es tierra extinta. 

Luego llega el contacto y la muerte se vuelve algo corpóreo, sensible al tacto. Se enreda en la garganta como un reptil tumoroso, una cosa áspera y viscosa que sostiene el aire y le impide entrar y salir con fluidez. Se pone a llover casi de forma inmediata, como si el universo estuviese desconsolado en un rincón. Son los cielos más grises, los cielos del delirio.

Pasan las horas, horas que uno no recordará jamás, porque son horas muertas, horas sin espacio ni tiempo. Son las horas del adiós, el lapso tibio de vida que el mundo te entrega para despedirte de aquellos que amas. Y paseo por las calles y miro a los demás como exigiéndoles que sientan compasión por mí, y me corren las lágrimas estúpidas por toda la cara como dibujando un mapa fluvial en los surcos de mi piel. 

Es algo a lo que nunca reaccionamos, una sensación fatídica que se tatúa en los pulmones de tal forma que no puedas respirar una sola vez sin recordar la ausencia. Aún te despiertas otras mañanas, las mañanas de sol, y crees ver las piezas de otro tiempo, las que ya no están. Piensas en silencio: ¿es realmente posible que no estéis o soy yo el que delira? Y así uno crece, sumando los años a las cuestas del dolor, cada vez más absurdo y delirante, incapaz de asumir la pérdida de su pasado.

lunes, 5 de junio de 2017

hablar

He empezado a entrar en espiral conmigo mismo en ciertos sentidos. Hace tiempo que no encuentro sosiego en mi interior ni en mi alrededor, en lo que ha terminado siendo una constante ruta de destrucción hacia la soledad. Las cosas me han sucedido como le suceden al planeta, sin poder hacer nada, sin ser realmente un actor activo de todos esos acontecimientos, sino siendo preso de mis propias decisiones y mis inseguridades. 

Existe un número innumerable de noches en las que me agazapo con mis rodillas acariciando mi pecho y empiezo a pensar en qué sería lo que me apetecería estar haciendo, en de qué manera podría escapar de todo eso que me asusta, que me reduce el campo de movimiento, que me encoge cada uno de los músculos. Camino y camino alrededor de la idea del arrepentimiento, e imagino cómo esta idea irá desarrollándose en mi cerebro a lo largo de mi existencia, como un árbol cada vez más lleno de vida, en claro contraste conmigo, que cada día estaré más y más apagado. Si bien ahora sufro para sostenerme en la cuerda floja de las cosas que querría hacer pero nunca haré, me sobrecoge pensar en el modo en que ese concepto me aplastará llegada mi vejez, o cualquier estado posterior.

De la soledad he aprendido a hablar con la gente que me gustaría tener a mi lado pero que no está, sea cual sea el motivo. Con algunas de esas personas ya no podré hablar nunca más. Con otras sí podría hacerlo, y no creáis que no me encuentro tentado a menudo a hacerlo, pero el miedo a las consecuencias siempre ha podido con mi ímpetu, que vuela siempre bajo y con timidez a pesar de encerrar fuertes y románticas convicciones.

Existen personas que me acompañan en mi miedo al arrepentimiento y también lo hacen en esas charlas monocromas, de hablar conmigo mismo y obtener respuesta constantemente. De esas personas es de quienes acabo por estar más aterrorizado, quizá porque me intimida la enorme influencia que pueden llegar a tener sobre mis decisiones y el orden de mis pensamientos sin siquiera ser elementos presentes en mi vida diaria ni mensual. 

De todos modos, es a ellas a quienes me agarro. Al doblar cada esquina, dejando atrás una serie de cosas que nunca volverán y vislumbrando un gran número de nuevos retos, son ellas las que permanecen, enraizadas a mi alma y debatiéndose de forma constante entre la putrefacción y el enriquecimiento, entre hacerme crecer y dejarme morir para siempre. He empezado a sentir que esas personas son el único motivo que me hace sentir vivo, y las únicas por las que merecería la pena morir. He pensado que hoy soy más lo que ellas me han hecho ser que lo que yo soy por mí mismo. 

Y me cuesta.

Me cuesta decir adiós al amor.

Me cuesta perder las conexiones espirituales en este viaje hacia ninguna parte.

No me lo pidáis más.

jueves, 13 de abril de 2017

si tú supieses

Hoy apenas he dormido y me he encontrado a mí mismo aterrado, encerrado en mi propia mente y en sus conjuros para hacerme delirar. Las tres noches anteriores había soñado contigo, siempre igual: nos encontrábamos en una fiesta cualquiera y fingías no conocerme, borrabas todo nuestro pasado, derribabas las cosas que habíamos construido juntos. El mismo sueño ha ido repitiéndose en mi subconsciente de forma elíptica durante los últimos meses, y de todo ello he extraído todos los miedos que hoy me atraviesan y me agotan. Tengo un miedo irracional a que me juzgues y me creas tóxico, a que te escapes de mí si me ves o a que hagas todo lo posible por no verme nunca.

Existen miles de partículas moviéndose en el aire de todas las cosas que me gustaría que supieses y que muchas veces te dije pero, ya sabes, dudo mucho que acabases creyéndotelas. He alcanzado un punto en mi agotamiento en el que lo único que me queda es impotencia ante la realidad de que si alguna vez supiste algo de todo esto, lo más probable es que ya lo hayas olvidado. Y ahora todos mis posibles movimientos me parecen una condena, una cárcel constante de imposibilidades y culpas, y te juro que he acabado adquiriendo consciencia de mi responsabilidad en todo esto, en que te hayas alejado como quien huye despavoridamente de alguien que solo pretende hacer daño.

Ojalá supieses que te he querido de verdad y que me has invadido casi sin quererlo del mismo modo en que me invadieron las mariposas y las cadenas, del mismo modo en que me invadieron todas las cosas que acabaron separándonos. Pero no creo que lo sepas. No creo que sepas que en ti encontré un pozo de calma para mis fantasmas y mis búsquedas en la noche y que nunca te habría pedido más que eso, y que todas las cosas sobre habitar una realidad paralela y distanciarnos del mundo real me las arrancaste de lugares desconocidos, de escondites donde no había sospechado poder encontrarte a ti ni encontrarme a mí mismo.

En lugar de todo esto he terminado encontrándome a kilómetros físicos y emocionales de todas las cosas que no pretendía alejar de mi vida. Y te juro que no necesito más. Solo necesito que lo sepas. Que lo sepas todo y que lo sepas de verdad.

No sé salvar nada, no sé salvarme a mí mismo. Pero quiero con fuerza, quiero fuerte en el tiempo y el espacio. Y tú más que nadie sabes lo mucho que me cuesta olvidarme de los lugares donde dejo partes arrancadas de mi propio ser.

jueves, 30 de marzo de 2017

la línea

Hace días que he vuelto a caminar por la línea. Ella y yo solemos encontrarnos a menudo y dentro de esta relación en alternancia que hemos establecido, en la cual nos encontramos cómodos, siempre sin sobrepasarnos el uno al otro. Cuando estamos lejos, en esos periodos que acaban siendo páramos desiertos con horizontes derretidos por el sol, acabo por echarla de menos de un modo poco integrador, como echas de menos a todo aquello que te destroza, que te agarra y no te suelta y te obliga a quedarte.

De todos modos, lo peor siempre vuelve cuando regreso a caminar junto a ella, por ella, sobre ella, a través de ella. La línea no concede segundas oportunidades, te avisa rápido de que un paseo por sus dominios te puede costar caro, de que todo lo que te regala supone un riesgo que debes estar dispuesto a correr. Así que, pese a las advertencias, me he acostumbrado a asomarme con más frecuencia de la recomendada a todos sus abismos, a los conocidos y a los que todavía me quedan por conocer.

No sé con certeza qué hay más allá de la línea, pero lo que sí conozco es todo aquello que se sitúa a este lado de la misma. Todo esto ya lo he visto y todo esto me aburre en ocasiones. Por eso vuelvo a veces a ella, aunque sé que no me conviene; necesito encontrármela alguna que otra vez para volver a sentirme vivo o cerca de la muerte, para recordar la importancia de las cosas que se sitúan en el lado elevado de la pendiente, desde el cual solo se puede caer. 

Últimamente mis paseos se han vuelto cada vez más largos. Cada ocasión en la que me encuentro a punto de sobrepasar la línea, sin embargo, acabo retrocediendo y lanzándome a mí mismo hacia mis hogares, los sitios de los que escapo para encontrarme conmigo. Pero mi paseo actual está volviéndose cada vez más y más peligroso. Hace un tiempo que no vuelvo a casa y que me he quedado sentado al borde de la línea, con la cabeza asomada a un círculo elíptico del que resulta imposible ver el final.

Así que he adquirido un miedo irracional a la línea, pero ella no ha hecho lo mismo respecto a mí. Más bien ha hecho todo lo contrario, acercándose cada vez más, intentando lanzarme, intentando agarrarme con las dos manos fuerte, rodeándome el pecho y no dejándome respirar. Y pienso que pronto, algún día en que mis dedos ya no sean lo suficientemente valientes, acabaré dejándome vencer y caeré, caeré en espirales de no saber quién soy.

sábado, 18 de marzo de 2017

papá

Había pensado en escribir algo describiéndote, ya sabes, hablando un poco sobre esos temas recurrentes de todas las comidas familiares, sobre la calma que nos proporciona tu carácter afable o lo cercano que siempre eres aunque tengas tus propias formas de comunicarte. De todos modos, la verdad es que me he encontrado conmigo mismo en proceso de repetición, porque creo que estas cosas ya te las he dicho alguna vez y realmente ya las sabes, así que creo que lo mejor que puedo contarte es algo que te haga sentir bien, porque últimamente las cosas no nos permiten hacerlo demasiado a menudo, y a ti en concreto menos que a nadie. Y la verdad es que no te mereces que ni siquiera las circunstancias de la vida, que siempre son incontrolables, te arranquen ese derecho.

Así que te voy a hablar sobre una imagen recurrente de mi infancia: tú esperándome en el patio del colegio a la hora de la salida, con los brazos cruzados y las gafas de sol puestas, como una especie de Men in black mal conjuntado. Si me dijesen que llevabas un pinganillo y estabas comunicándote con la secreta para informar sobre posibles trapicheos me lo habría creído, supongo, aunque la verdad es que yo me creía casi cualquier cosa que se me dijese.

Siempre me has parecido una persona parecida a lo que veía al salir del colegio: muy seguro, muy firme, muy estable, muy difícil de perturbar. Lo cierto es que estos últimos años te has venido un poco abajo. Supongo que es normal: sujetar los altibajos emocionales de una familia durante casi dos décadas no debe ser nada fácil. En medio de toda esta serie de cosas que nos están pasando y que, sobre todo, te están pasando a ti, querría que supieses que todos estamos dispuestos a ser sargentos con gafas de sol y brazos cruzados para ayudarte y hacerte sentir seguro.

Soy consciente de que para ti no es nada fácil admitir tu debilidad o exponerte a la sensibilidad de expresar las cosas del modo en que las sientes, pero quiero que sepas que no pasa nada, no tienes por qué hacerlo. Todos sabemos el miedo que da que los demás nos vean como a alguien débil, como a alguien a punto de desmoronarse, pero ese es otro de los derechos que nadie nos puede quitar. Y nosotros vamos a estar contigo seas la persona segura, firme y estable de mi infancia o la persona que sufre, porque al fin y al cabo seguirás siendo tú pese a las circunstancias, y nosotros te queremos a ti más allá de ellas. 

Vamos a agarrarnos al mástil porque vienen todas las mareas juntas: es una época para plantarle cara a la vida y decirle que estamos aquí y que estamos juntos, y que mientras eso siga así nos puede lanzar lo que quiera, que no nos vamos a quebrar. Esto es lo que tú me has dado: algo por lo que luchar, algo grande y algo que llena el corazón, toda una familia que es como una coraza frente a la tempestad. Hoy es el día del padre pero tú eres mi padre todos los días, con todo lo que eso conlleva, ya sea en Calabuig o en la playa jugando un fútbol-tenis. Yo, de vivir, me quedo con cosas como haber crecido contigo. Ojalá pueda salvaguardar a mis hijos del mundo 22 años, como has hecho tú conmigo.

domingo, 5 de marzo de 2017

casi siempre

Casi siempre consigo no pensar en nada. La mayor parte del tiempo no me acuerdo de ti. Tu cara ha empezado a convertirse en una especie de nube en mi memoria, y de tu voz apenas tengo ya ningún recuerdo. Casi siempre te rodeo cuando te veo venir, porque de algún modo has logrado enroscarte a mi memoria de un modo pegajoso, de una manera que me envuelve casi sin llegar siquiera a acordarme de cómo éramos cuando existíamos. Y eso me revienta, me revienta muchísimo.
 
Eso ocurre la mayor parte del tiempo. El resto de los días y las horas estoy todavía sentado encima de tu cama mirando al techo, o a la pared, o a la luz que entra por la ventana que tiene enfrente y que da a un patio de luces muy gris, un lugar al que nunca querría llegar a ir pero no porque me diese miedo, sino porque mataría por quedarme siempre aquí, contigo, donde las cosas siempre son nuevas y parecemos no temerle a nada.
 
El resto del tiempo te estoy esperando y escucho tus pasos a lo lejos, viniendo hacia mí despacio, a tu ritmo, y te veo apoyada en la puerta con una falda gris y una camiseta blanca, mirándome de frente con los ojos encendidos. De todas las cosas que he querido en esta vida, te juro que no ha habido nada que haya querido más que tenerte conmigo. Probablemente sepa de sobra que todo esto es mentira, y que no existe, y que tener tanto miedo a hacer cualquier cosa o a mover un solo dedo ahí fuera solamente por ti, que no estás ni pretendes estarlo, no tiene el menor de los sentidos.
 
Pero no puedo hacer nada con ese tiempo que sobra, ese tiempo en el que no consigo no recordar, en el que vuelves y te das la vuelta y me dices que te siga, porque, de lo contrario, ¿a dónde iba a ir yo? A ninguna parte. Contigo he gastado todas las metáforas sobre celdas y sobre el recuerdo y sobre el dolor, y después de haberme cansado a mí mismo tantas veces por no lograr arrancarte de mi vida de una vez por todas, sigo aquí.
 
He llegado a un momento en el que ya son tantas las cosas que me duelen, y tanto lo que creo injusto, que ya no sé ni qué hacer. Aunque lo cierto es que aunque lo supiese probablemente no lo haría, porque al fin y al cabo soy así de gilipollas. Te estoy reservando el puto sitio y las cosas no dejan de cambiar a mi alrededor, y el asiento está lleno de polvo y desgastado porque yo tampoco sé dejárselo a quien se lo merece.
 
Querría decirte tantas cosas que lo único que se me ocurriría al verte sería salir corriendo y subirme a un árbol y luego tirarme de él. A estas alturas el tiempo juega tanto en mi contra en todos los sentidos que simplemente siento que cada día pasa para todo el mundo excepto para mí, que sigo atascado, que no logro despojarme de mí mismo, que no tengo fuerzas o que simplemente no quiero abandonar este rincón desolado que es el no lograr despegarte de mí, porque estás conmigo siempre, aunque no lo quieras, deberías saberlo. Siempre estás.
 
Y la verdad es que me da igual escuchar cosas sobre lo ofuscado que estoy, y sobre la necesidad que tengo de asumir que las cosas en la vida pasan por una razón, o que quizá no, pero el asunto es que pasan y hay que joderse vivo. Me da igual toda esa gente que no entiende lo que me pasa. Porque esa, joder, debe ser la única cosa de este mundo podrido que entiendo realmente. Me entiendo a mí mismo durante ese tiempo, durante el tiempo que sigo sentado en tu cama esperándote mientras vienes por el pasillo dando pasos cortos. El resto del tiempo no entiendo nada.

jueves, 23 de febrero de 2017

lo peor es al volver

A veces se me da por pensar si yo ya era así antes de conocerte. En el fondo quiero creer que sí, que esto que veo en el espejo es lo que realmente soy y no lo que tú quisiste que fuese. De todos modos me duele ser así, has conseguido que todo en mi vida me resulte accesorio, que las cosas adquieran rápido una substancia banal, un aroma a innecesariedad. A menudo intento forzarme a imaginar cuáles eran mis términos absolutos de felicidad antes de conocerte, antes de convencerme a mí mismo de que compartir tiempo contigo debía ser el objeto último de mi existencia.

Pero al final siempre acabo preguntándome cosas sobre ti, más cosas sobre ti de las que quiero saber sobre mí mismo, como si no quisiese pedirle nada más a la vida que convertirme en tu prolongación sombreada, en aquello que ubicas en un rincón de tu vida y a lo que acudes en tiempos de necesidad esperando una acogida que te haga sentir en casa. De las cosas que más me arrancan el sueño, nada me duele más que pensar en que tú quizá creas que nunca te di lo suficiente, que no me exprimí por ti, que no te busqué, que no quise conservarte.

Siempre me recorre esa sensación asfixiante de darle vueltas a lo mismo, de sentir el poder de mi subconsciencia atrapándome en sus garras afiladas, esa subconsciencia que siempre trae tu pelo y tus ojos bien abiertos y llenos de miedo y seguridad, en ese término medio entre la vida y todo lo demás. Cuando pienso en ti me siento un asunto menor, algo que probablemente olvidarás con los otoños, y eso me gusta del mismo modo ensordecedor que me gustaba estar contigo; sintiéndome parte de mi propia existencia, dándole significado todo el tiempo porque tú lo significabas todo.

Y después de ti, y de mis incesantes retornos al hogar que construí alrededor de tu figura desmereciéndome a mí mismo, castigándome, haciéndome culpable de todo, considerándome inaceptablemente insuficiente, acabo sintiendo que no me queda nada, que no me quedo ni a mí mismo, que no me queda capacidad para amar ni para pertenecer ni para sentirme vivo. No hay nada en este jodido mundo que me asuste más que el recuerdo que me pega constantemente: el estar contigo y no pensar en las horas ni en nada que no fueses tú, algo que pronto convertí en mi inescrutable definición de vivir.

Estoy lleno de rabia. De rabia porque me habría encantado no reducirme a mí mismo al absurdo más completo. He hecho cosas por ti que me producen la más repulsiva vergüenza hacia mí mismo por ridículo, y supongo que no quiero tolerarme más en ese sentido. Quiero dejar de ser todo lo que empecé a ser contigo: una persona absorbida por el imperativo de tenerte como símbolo de la realización vital. Quiero salir de aquí y odio no quererlo de verdad. Odio querer quedarme, querer encerrarme en la misma rueda que gira sobre sí misma. 

Pero es lo que hay. 

sábado, 18 de febrero de 2017

el día y la noche

Me despierto y me tomo una pastilla. Las cosas van bastante bien últimamente. Suelo despertarme sano y salvo, lejos de todos mis fantasmas, e incluso he empezado a recrearme algo en mí mismo, cosa que no hacía desde hace tiempo, demasiado preocupado por todo lo demás y sin apenas tiempo para detenerme en mi interior. Me gusta pasear, tomar café, pasear, tomar café, pasear... Tomo café. A veces me encuentro con algún amigo, o en su defecto algún conocido, y hablamos sobre cosas, sobre política y sobre el status quo, y sobre el amor y las relaciones y la fidelidad, y sobre series de televisión y sobre los sueños que tenemos y los que tuvimos que ya no nos parecen sueños, o bien porque ya los hemos vivido o porque no soñamos de la misma manera que entonces.

La cosas van bien. Estoy ordenado. Los libros están ordenados alfabéticamente y por género. Los discos están ordenados cronológicamente. Me gusta el orden. Me gustan las sábanas limpias. Me gusta como huele mi nuevo suavizante. Lavo la ropa a menudo y después me ducho dos veces y me gusta cantar Thunder Road en la ducha y me ducho otra vez para volver a cantarla. Me gusta el vapor alzándose desde el suelo hacia el techo y el agua tan caliente que hace que tu piel se enrojezca, y la sensación de contraste térmico entre las mejillas y el universo exterior al cuarto de baño. Me recuerda a cuando era pequeño y mi madre me metía en la bañera y salía de ella enroscado en una toalla blanca, y después me ponía aquel pijama color marrón que contrastaba tanto con mi piel blanca llena de pecas que ya no están, como si me las hubiese robado el tiempo.

Me meto en cama porque ya es de noche y no me gustan las noches. Me revuelvo por las noches. A veces pienso que duermo mejor recostado sobre mi perfil derecho porque creo que me produce algo de placer o satisfacción sentir la presión de la almohada sobre mi sien derecha, aunque creo que es una estupidez y no logro dormirme de todos modos. Quiero otra pastilla pero no puedo, no puedo tomar dos porque todo resultaría contraproducente, lo pone en el prospecto, NO TOMAR DOS PASTILLAS EN VEINTICUATRO HORAS y yo le hago siempre mucho caso a los prospectos.

Las cosas no van bien últimamente, las cosas se oscurecen. Tengo mucho miedo, estoy aterrado. No me gusta estar solo. Te echo de menos. No. Te odio, odio que no estés. No. En realidad solo me apena perderte, pero no puedo decir que te eche de menos en un sentido significativo. La echo de menos a ella, como cuando tú sí estabas pero ella ya no. No. A ella tampoco la echo de menos. A ella también la odio. Os odio a las dos. No, no os odio, nunca podría odiaros. 

Pero en ti sí que pienso. A ti sí que te echo de menos. Me revuelvo de nuevo y ya no queda ninguna parte de la almohada que no esté empapada en sudor. No dejo de pensar en cemento, cemento, cemento. No sé dónde estarás, sabes, sí que sé dónde están ellas, lo puedo imaginar al menos, pero no tengo ni idea de dónde estarás tú. Ojalá tú sí sepas dónde estás porque no quiero que tengas miedo. Pienso a veces en ti pero me lo tengo bastante prohibido. Porque las cosas no van nada bien. Me odio a mí mismo. Me doy asco. A la gente no le agrado. No sé por qué no le agradaré a la gente. Muchas veces siento que me miran raro. Me miran con recelo, me preguntan con la mirada que por qué no me largo. No les gusto. 

Estoy aterrorizado y las sábanas han empezado a entrelazarse. Tengo medio cuerpo al descubierto y me estoy helando. Hace tanto frío que no puedo ni pensar. Me duele estar solo. Te odio. Te odio. Te quiero. Te odio. Me odio. Últimamente intento decirme que me quiero. Me quiero, me quiero, me quiero. No me sale bien, me sale forzado, me sale a trompicones. Creo que no me quiero demasiado, me gustaría gustarme a mí mismo pero creo que entiendo a la gente. Soy repulsivo en cierto modo casi primario, no sé si es algo en mi mirada pero no me gusta, me hace sentir inferior a lo que yo querría ser. 

Odio febrero, odio que todas las cosas bonitas y todas las cosas terribles de mi vida hayan sucedido en febrero. Febrero, febrero, febrero. Te odio, te odio. Te quiero. ERES LO MÁS BONITO QUE ME HA PASADO EN LA VIDA. Me arrancaría los ojos. Echo de menos verte sonreír. Estoy entrando en paranoia. No sé por qué pero entra demasiada luz. Tengo sueño. Estoy llorando. Te quiero. Te odio. Te echo de menos. No lo suficiente. A ti más. A ti menos. No te vayas, no te vayas por favor, no lo hagas, no me hagas esto, por favor, déjame intentarlo, no sé qué decirte, no tengo palabras, palabras, palabras. Tengo sueño. Estoy viendo The Wire. Tengo sueño. Sueño. Sueño.

Me despierto y me tomo una pastilla. Las cosas van bastante bien últimamente.

miércoles, 15 de febrero de 2017

áurea

Es muy difícil para mí expresar con palabras lo que siento ahora mismo. Realmente creo que es muy difícil que las palabras, por bonitas que sean, puedan hacernos recordar una mínima parte de lo que mi abuela ha sido para todos nosotros, de quién era ella, de quién luchaba por ser y de quien, de hecho, decidía ser todos los días, como si no hubiese nada en el mundo que pudiese impedirle ser ella misma. Así que lo cierto es que me recorre una sensación muy extraña, algo que no suele pasarme: quiero decir muchas cosas, quiero decírselas todas, pero no soy capaz, es como si todas las palabras y todas las cosas que querría que ella supiese se me atragantasen.

De recuerdos junto a mi abuela podría hablar durante horas, pero creo que hay uno que lo puede captar todo, uno que me deja a solas con todo aquello que ella me ha dado en la vida, que, como todas las cosas de las que nunca nos damos cuenta mientras las tenemos, ha sido mucho. 

Recuerdo un día, siendo yo muy pequeño, alrededor de los siete u ocho años, en el que me quedé a dormir en casa de mis abuelos. Yo era un niño con muchísimo miedo a lo desconocido, tanto que incluso dormir en casa de mis abuelos me aterrorizaba, me hacía sentir desprotegido porque no estaba con mis padres, y con ellos era en el único lugar en el que me sentía seguro. Y allí estaba yo, acostándome en una de las dos camas gemelas de la casa de mis abuelos con mi mente en otra parte, pensando en si sería capaz de dormirme o si algún pensamiento terrible me asustaría y me haría sentir solo por la noche. Entonces, mi abuela vino a darme las buenas noches y a arroparme. Todo en su mirada decía una cosa. Decía: "me encanta que estés aquí conmigo. Me da la sensación de que yo y tu abuelo hemos creado algo grande, algo gigante, algo que nos sobrevivirá. No hay ninguna sensación en el mundo que me haga más feliz que esa". Todo eso lo dijo como decía las cosas siempre ella: sin abrir la boca. Era una persona curiosa mi abuela porque utilizaba las palabras para quejarse con frecuencia pero sabía mejor que nadie abrir su corazón con la mirada. Y yo, que estaba allí aterrado, me sentí querido de una forma integradora, de una de esas formas que te hacen pertenecer a algo tan grande que también te supera a ti mismo. Aquel día descubrí algo que me rompió el corazón: mi abuela, aunque no me lo dijese nunca, aunque dedicase sus palabras a decirme las cosas que no le gustaban de mí, siempre me iba a querer a mí muchísimo más de lo que yo nunca podría llegar a quererla a ella. 

De mi abuela aprendí que las palabras no sirven de nada. De nada. Aprendí que a la vida hay que agarrarla fuerte antes de que ella te agarre a ti, porque entonces estás perdido. Y aprendí que no hay nada más bonito en la vida que rodearte de personas que te quieren de verdad, sin importarles lo que hagas, quién decidas ser o qué camino escojas para ti mismo. Que lo único que importa es que, cuando llegas a la cama por la noche, te sientas como me sentí yo aquella noche, cuando ella me gritó que me quería con la mirada. Todo lo demás es prescindible.

Todavía no sé cómo voy a vivir sin ti, abuela, porque nunca he vivido en un mundo en el que tú no estuvieses. Pero creo que aprenderé a hacerlo, porque de cualquier otro modo te estaría decepcionando. Y quiero que sepas una cosa: me has puesto muy altas las expectativas. Nunca se me ocurrirá pedirle a la vida más de lo que tú lograste quitarle, no pararé hasta poder mirar a alguien de la misma forma que tú me mirabas y poder pensar por mí mismo: "ahora sí he creado algo grande. Ahora sí, mi vida ha merecido la pena, igual que la tuya".

Perderte me destroza, me aplasta igual que nos aplasta a todos, pero no puedo estar más contento por haber tenido la oportunidad de haberte conocido. Fuiste una persona única: ya lo decía tu nombre precediéndote, eras áurea, dorada como tu pelo y brillante como tus ojos verdes. Nunca, nunca, nunca te olvidaré. Pero eso, abuela, tú que me enseñaste que las palabras no valen nada, confío en que siempre lo supieses.

Tú me lo dijiste con la mirada y yo te lo digo hoy aquí, que no puedo verte pero que no dejo de escucharte y de sentirte. Te quiero, abuela. Cúidame, porque sin ti sigo siendo el mismo niño perdido de aquella noche. Fuiste, eres y serás una parte fundamental de lo que yo soy. Muchas gracias.

miércoles, 8 de febrero de 2017

antes de despedirse

Aún no te has ido y todo parece indicar que ya no estás. Las cosas se han disparado cuando habíamos asumido un estado habitual de nerviosismo, un dolor velado que ya se había convertido en parte de nuestra casa y que apenas sentíamos ya más allá de esos círculos concéntricos que conformábamos alrededor de ti de vez en cuando. Me cuesta explicar por qué siento que te echo tanto de menos cuando realmente nunca he prestado demasiada atención a tu presencia, como si fuese -de hecho así era- algo intrínseco a mi vida, algo que siempre había estado ahí desde que empecé a recordar mis recuerdos y a construirme, a colocar las piezas que me han traído aquí.

Te miro recostándote con expresión de agotamiento y todo lo que me recorre es la sensación de no significar nada, de no poder entender por qué y al mismo tiempo tenerlo todo demasiado claro. Pero lo que más me aterroriza es verte tan llena de miedo, tan asustada por cualquier cosa que pueda pasar. Y me gustaría decírtelo, asegurarte que todo va a ir bien, pero no puedo, porque se me escapa, porque yo tampoco lo sé y me pierdo en tantas preguntas y todo ese miedo que veo en tus ojos que se entrecierran, y en tu respiración entrecortada que agarra el aire con las palmas de las manos abiertas y deja que se le escape la mayor parte entre los dedos.

De algún modo me hace sentir en casa agarrarte la mano, que está llena de tiempo y de memorias y de arrugas que hacen que tenga una textura similar a la del papel o las hojas de los árboles en otoño. No sé qué sentirás tú, en el lado confuso de la historia, en el lado que no puede observar la vida sino que, de hecho, la vive. Y me duelen todas las veces que preferí hacer otra cosa a estar contigo, y todas las veces que insistí para dejar de estar contigo para entretenerme, y todas las veces en las que me decidí a ver una película, o a sumergirme en mi mundo, en lugar de estar ahí, contigo.

Me siento pequeño y frustrado por haber sido solo un niño todo este tiempo, por no haber podido saber más de ti, o de las cosas que podrías haberme enseñado. De repente, todas esas cosas que siempre creí innecesarias vuelven y se colocan en primer lugar de la lista, como todo lo que siempre me parece deseable por imposible. Ojalá hubiese estado más cerca. Cada vez que lo pienso, cada vez que pienso en ti, siento como si estuviesen extirpándome sin anestesia una parte de todo lo que he sido hasta hoy.

martes, 7 de febrero de 2017

culpable

Me siento culpable por echarte de menos. Todas las cosas han ocurrido en la dirección contraria. De mis mil maneras para no respetarte podría asegurar que todas proceden de aquello que me configura como persona, de todo lo que me hace ser yo mismo. Y llegó un momento en el que no sentía apenas haberte ganado, sabía de hecho que hacía tiempo que venía perdiéndote en mis rodeos, en mis lagunas de no saber quién soy.

Me siento culpable por echarte la culpa de un modo no explícito, por descargar en tus actos la frustración de no gustarme a mí mismo y de no poder acercarme a ti en todos los sentidos en que me gustaría hacerlo. Me siento frío cuando vienes a mi lado, te sientas y tratas de explicarte, y pienso que todo eso simplemente no debería estar ocurriendo, que las cosas deberían ser más fáciles para los dos porque hemos aterrizado aquí para ayudarnos y no para hundirnos en todo lo que nos duele y nos hace sentir frágiles.

Todo se me revuelve orgánicamente cuando comienzo a ser consciente de lo inferior que me siento a ti y el complejo que todo lo que ha pasado en momentos en los que yo no estaba siquiera acaba generándome. Te juro que no logro quitarme nada de la cabeza y todo vuelve, todas las cosas que me separan de ti y que me ahogan en mi pasado y en todos los sentimientos que me habías ayudado a regenerar. Me cuesta imaginarnos sentados en las escaleras de piedra unos días antes, como si nada hubiese ocurrido, cuando la realidad es que nada ha cambiado más allá de mi cabeza, de las cosas que sé y entonces no sabía, de las cosas que antes no me impedían amarte por lo que eres y no por lo que has hecho antes o después, ahora o en algún tiempo pasado.

Me gustaría decirte que sin duda habría querido que todo funcionase como creí que podría hacerlo, con nosotros sentados y mirándonos sin hacer nada o con la sensación de que finalmente alguien puede comprender los párrafos trabados que escupe mi pensamiento. Pienso que deposité en ti todas esas responsabilidades y me permití sentirme decepcionado demasiado pronto, ubicándome por encima de las cosas que no solo dependen de mí, necesitando controlar los milímetros que hasta entonces no había siquiera imaginado que podrían separarnos.

Me siento culpable por tener que pedirte perdón por ser intolerante, por no ser lo que mereces, por no entenderte ni pretenderlo y por haber retrocedido noche tras noche todos los pasos que no me había costado nada dar contigo, porque al fin y al cabo todo podría haber sido todo lo fácil que nunca fue. Me siento culpable por no permitirme vivir cosas fáciles y por enredarme en todo el dolor de la vida, y en los inconvenientes y en las malas costumbres, que nunca me convienen y siempre me arrastran, aun cuando tú intentaste tanto salvarme de todas ellas. 

Me siento terriblemente culpable por volver a ahogarme en lo mismo, por buscar siempre un sustitutivo al sufrimiento previo y por no dejarme ser feliz con alguien como tú.

Hoy me siento culpable por ser yo, y no hay nada que me haga sentir más culpable en este mundo de perderme y no encontrarme jamás.

viernes, 3 de febrero de 2017

derrotados

Hoy me he asustado al imaginar que quizá tengas a alguien. Todo ha sucedido rápido, tan rápido que no ha sido necesario apenas darme cuenta. Las imágenes aparecieron en mi mente como un relámpago que rompe un árbol por la mitad. Hace un segundo no estaban y ahora están y no quieren irse, y se enroscan en mi mente agotándome. He pensado que el único motivo por el que me aterra la posibilidad de que tengas a alguien es porque yo he venido de vuelta perdiéndolo todo. Me aterra imaginarte sonriéndole a alguien y me carcome el egoísmo de no poder alegrarme por ti del mismo modo que lo hice todas las veces en las que te vi sonreír con anterioridad.

A veces estoy tan asustado que me escondo y pienso que todo lo terrible que me puede estar pasando es siempre culpa de haberte perdido y de que quizá ya no necesites tenerme, y pienso en si pensarás alguna vez en todo esto y en mí y en la soledad que provoca el hecho de que nos hayamos derrotado a nosotros mismos antes de tiempo, o quizá demasiado tarde. Pero lo cierto es que no tenerte tampoco me exige querer recuperarte, sino que me limito a necesitarte de vez en cuando, a llorarte los días pares y reírme de mi mismo los que no lo son. 

He intentado amarme a mí mismo del mismo modo en que quise amarte a ti pero verás, no tengo ni puta idea de cómo podré llegar a hacer tal cosa. Algunas veces me recreo en todo y me hago daño y después miro a mi alrededor y no entiendo nada, aunque la nada parece entenderme y asentir ante el vacío que le transmito. Hace muchos días que te estoy perdiendo, cada día un poco más sin darme cuenta, y extraña fue la ocasión en la que los días fueron reversibles en este sentido.

Así que me he prometido no asustarme cuando te imagine enraizada a alguien con las raíces más profundas que las mías, que sabes que siempre se levantan en alguna estación desordenada del año para encontrarse a sí mismas fuera de su propia tierra. Me lo he prometido como quien se prepara para recibir el susto de rigor viendo una película cutre de terror, como quien se prepara en silencio para que algo que va a ocurrir a ciencia cierta acabe ocurriendo. Todo son preparatorios velados y todo tiempo intermedio son transiciones sin dirección.

A mí, que ya no te tengo y apenas me tengo a mí mismo, solo me queda recordar que, aunque horas y horas atrás el tiempo acabase por vencernos, hubo días en que ganamos. Hubo días en que, contigo y pese a mí mismo, acabé ganando. Y al final todo se reduce a volver a contar tus victorias con los dedos de una y otra mano, con los de los pies si tienes suerte suficiente, y a prometerte con los dientes apretados que no vas a olvidarlas nunca.

jueves, 29 de diciembre de 2016

terrores

- miedo -

Te tengo miedo,
un miedo inconfesable
a encontrarte de repente
al girar cualquier esquina
o alzar la cabeza
y quedarme mirándote 
a los ojos
sin saber qué decirte
y con la impresión de que, en cualquier momento,
vas a darme la espalda
y a seguir caminando en la otra dirección.

Te tengo miedo,
un miedo inconfesable
a verte sin pretenderlo
y salir corriendo
a esconderme detrás de cualquier pared
para evitar enfrentarme
al hecho de que no estoy 
preparado
para no decirte
que sigues siendo
tú.

Te tengo miedo,
un miedo inconfesable
a resultarte patético
a darte lástima
a que te replantees
por qué yo
si yo
no soy nada,
a que te des cuenta
de que no te pongo condiciones.

Y eso me aterra.
Más que tú.
Más que nada.

- sudor, del frío -

Me asusta estar solo
conmigo mismo
y no poder evitar
recrearme en todas las cosas
que querría evitar a toda costa
y revolcarme en ellas
como si me produjesen
algún tipo de placer
prohibido
o me diesen la vida
de algún modo secreto.

Me asusta profundamente
no querer olvidarte
y pienso en todo lo que ello
conlleva
y en lo que tú te esfuerzas 
por hacerlo
y en que tú eres tan fuerte
y yo tan débil
y en que no puedo seguir
dando tanta lástima.

Me asustan 
las dos caras de la misma hoja
huir de ti y permanecer
agarrarme al pasado y lanzarme
al futuro
imaginar que no estás
-aunque estés sin quererlo-
ni estarás, 
y hacer daño
a tanta gente, por hacerme daño
a mí mismo.

Me asusta estar tan asustado 
que necesito esconder 
la cabeza en tu pelo
y no sacarla nunca de ahí.

lunes, 26 de diciembre de 2016

pensar en ti

Pensar en ti es la peor de todas mis malas costumbres. Se suponía que debías ser un antídoto para la tristeza, pero hace tiempo que me has convertido en un completo alcohólico, o en un adicto a cualquier tipo de adicción capaz de destruirme. Créeme, soy consciente de que no debería pensar en ti, creo que ni para bien ni para mal, de ninguna de las maneras. Lo correcto habría sido eliminarte de mi memoria como un archivo dañado, ya sabes, como en Eternal Sunshine of the Spotless Mind. Bueno, no sé si correcto es la palabra adecuada, o si la palabra conveniente encajaría mejor en este contexto. O sano. Alguna de ellas iría bien. Supongo.

Pienso en ti de forma circular. A veces te odio, tengo que confesártelo. Se me ocurren algunas cosas, vienen a mi mente como latigazos de luz, y quiero lanzarte lejos de mí, alejarte lo máximo posible de mi cabeza. Otras veces, en cambio, hago de todo menos odiarte. Odio que los demás pretendan que te odie. No lo consiento. Y que alguien, cualquiera, resalte una característica negativa de ti, solo provoca que yo recuerde, o imagine, o cree de la puta nada, ciento cincuenta motivos para no odiarte jamás. Pero acabo volviendo a odiarte. Y después, ya sabes, otra vez vuelvo a no querer hacerlo nunca. Bueno, creo que entiendes lo que significa que algo sea circular.

Últimamente pienso que eres capaz incluso de pensar por mí. Algunas de mis decisiones, de hecho, me parecen impropias de mí mismo. Joder, no las comprendo. Pero después me doy cuenta de que toda esa mierda no la he decidido yo. La has decidido tú por mí, como si pulsases algunas teclas en mi cerebro y lo dejases todo resuelto. Todo esto no es nuevo, y tengo que confesarte que solía ocurrirme teniéndote cara a cara, pero no puedo evitar que me resulte enormemente confuso que sigas escabulléndote entre mis neuronas sin siquiera tener ni idea de que lo estás haciendo. O quizá sí que lo sabes. La verdad es que no tengo ni idea.

La idea que siempre me aterroriza es la de que tú sí que me odies a mí. Que me odies realmente, de ese modo visceral en el que solo tú sabes odiarme y repudiarme. Me congela. Y, aunque a veces creo que esa idea también la has colocado tú cuidadosamente en mi cabeza, no puedo dejarla de lado, ni apoyarla y seguir caminando, ni hacer una sola puta cosa en general. Me produce un miedo surrealista el hecho de que lo más probable es que no vuelva a verte en muchísimo tiempo, o que quizá no vuelva a verte nunca. Muchas veces me siento decepcionado conmigo mismo por pensar en todas estas cosas, y me siento débil, y siento que soy alguien por quien no merece la pena luchar. Me siento un puto estúpido. Pero, pese a todo, lo que más me jode es que el motivo por el que más me sienta decepcionado conmigo mismo sea haber fracasado contigo. Supongo que fracasaré millones de veces más en mi vida -lo vengo haciendo todos los días de un tiempo a esta parte-, pero me cuesta creer que volveré a fracasar en algo en lo que me haya dejado tanta alma. Un alma que, por otra parte, no creo que me vayas a devolver.

Me cuesta demasiado asumir que nadie vaya a llegar a comprender nunca el hecho de que me haya quedado atascado aquí, como un enorme rinoceronte intentando salir por una alcantarilla. Y ya no sé qué decir, ni qué hacer, ni de dónde a dónde correr, ni cuánto saltar, ni cuánto bailar, ni cuánto olvidarme de que tengo que dejar de pensar en ti. Todo eso me hace sentir profundamente solo, de un modo totalmente irreparable. Y me aburro de mí mismo, con lo que no puedo culpar a nadie porque se aburra de mí pensando en ti, para bien o para mal, de cualquier forma. Últimamente me he convencido a mí mismo de que me he acomodado en esta sensación de asfixia a que la he convertido en mi hogar y de la que me quejo constantemente. He pensado que a lo mejor es que me encanta estar en ella. 

Pero lo cierto es que estoy siempre asustado. Y quiero huir. Y cuando me siento así siempre hago cosas estúpidas, como una gallina corriendo de un lado a otro con una bolsa en la cabeza. Lo sé porque ya me ha pasado otras veces. Ya he perdido la razón por ti. De todos modos, no me habría servido de nada tenerla. No, estoy seguro de que tener la razón habría sido totalmente inútil. Igual que pensar en ti. 

viernes, 2 de diciembre de 2016

en blanco y gris

- en guardia -

Se me encogen las pupilas,
en medio de la oscuridad
de buscar tu pelo
entre mis dedos.

La piel se me enciende
inundada de sal,
imberbe de recuerdos,
solitaria de ti.

Terminé de buscarte
al empezar a comprenderte,
al empezarme, empezarnos,
cerrándolo todo.

- insuficiente -

De los descansos
entre quererte y no poder más
solo quedan papeles y otras cosas
que nunca quisiste llevarte.

Me bajo entre barco y mar,
con la arena en la pared
de todas las memorias
que perdimos a la deriva.

Al verte y no pensarte,
imaginarte y olvidarte,
recuperarte perdiéndote,
todo cobra el menor de los sentidos.

- sin aire -

Y me pesa en las costillas,
como una herida abierta 
a pleno sol
en pleno invierno.

Me escondo tras de mí y apenas
entrecortándome al hablar
me evado de aceptarme
no siendo nadie.

Entre los lirios y otras flores
tras la cristalera,
colgados en la puerta 
siempre cerrada con alguien fuera.

Pasamos página hacia atrás
aun sabiendo,
dolidos,
que esa no es forma de leer ningún puto libro.

domingo, 27 de noviembre de 2016

de casa al avión, del avión a casa

Hace unos años me subí por primera vez a un avión. Considero que se trata de una actividad sobrevalorada, sobre todo cuando la has asumido como parte relativa de una rutina medianamente regular. Pero la verdad es que iniciarse en el mundo del vuelo es todo un acontecimiento en la vida de cualquiera. Yo, por lo menos, lo viví a flor de piel. Guardo cada detalle con sumo cariño en las paredes de mi memoria. Recuerdo que me cachearon tras pasar sin éxito el control de seguridad, y lo más probable es que el guardia en cuestión se asustase al verme tan visiblemente emocionado por estar allí en aquel momento. Salí de la fila exclamando: "¡Me han cacheado!", como si realmente fuese estúpido y no solo pretendiese serlo constantemente.

Lo demás fue todo bastante más digno, entre las largas esperas del puto embarque, las luces parpadeantes del interior del avión al despegar y las nubes revistiendo las alas de aquel monstruoso aparato, como si se las estuviesen poniendo de pantalones. Creo que aquel fue el único viaje en avión de mi vida en el que no me he quedado dormido, pero tenéis que disculparme: nunca había visto las cosas desde tan arriba, aquello era sencillamente acojonante. Durante las ¿dos horas y media? que duró aquel viaje pensé en un millón de cosas, entre las cuales probablemente estuviesen chorradas como lo difícil que me resultaba diferenciar a las personas de los coches llegados a cierta altura, o qué pasaría si rompiese la doble ventanilla y me tirase encima de las nubes. Había leído por ahí que una nube cargada de lluvia pesaba algo así como muchísimas toneladas, así que lo más seguro es que pudiese sujetarme, ¿no?

Sin embargo, el pensamiento que más me martilleó durante todo el trayecto fue el siguiente: OJALÁ ESTAR AHORA MISMO CON LA PERSONA QUE QUIERO. OJALÁ VIAJAR CON ELLA A TODAS LAS PARTES DEL MUNDO UTILIZANDO ESTAS MÁQUINAS TAN ESPLÉNDIDAS. 

Años más tarde, sigue pareciéndome bonita la idea de subirse a un avión con alguien a quien quieres, yo que sé, para descubrir nuevas cosas juntos, lo cual pienso que es la base sólida sobre la que se construye cualquier vínculo que no se vaya a romper más rápido que una botella de vino en el borde de una repisa. Realmente, analizándolo con perspectiva, mi pensamiento martilleante responde a un ideal romántico puro, aunque en cierto modo occidentalizado y superfluo. El tema de sacarse fotos en los Campos Elíseos, Central Park, Picadilly Circus y El Coliseo y hacer un collage es tierno y demás, pero lo cierto es que no tiene nada que ver con el amor.

Supongo que a todos nos pasa lo mismo en estos casos, ya sabes, que sublevamos algunas ideas y acabamos pegándonos una buena ración de hostias cuando vemos que todo aquello que creíamos que iba a ocurrir, como si la vida se tratase de una jodida novela de Nicholas Sparks, no ocurre. Ni siquiera está lejos de ocurrir, joder. Si ocurriese, dejaría de interesarnos una mierda. Esas cosas se nos pasan por la cabeza porque son imposibles y porque somos unos cursis, pero la verdad, la pura verdad, es que el hecho de imaginarme que una nube se pone unos pantalones probablemente diga mucho más de mí y de mi personalidad que el tema de QUIERO VIAJAR CONTIGO HASTA LOS CONFINES DEL MUNDO.

Si analizo todos los viajes que he hecho de acá para allá, debido a motivos varios y siempre, SIEMPRE pensando en si las nubes me sujetarían si me lanzo sobre ellas, me he dado cuenta de que vivo más el romanticismo cuando la persona a la que quiero no se sube conmigo al puto avión, sino que me espera al otro lado. Algunos de los momentos más románticos de mi vida, en el sentido más limpio y franco de la palabra, los he vivido instantes antes de subirme o bajarme de un avión, pero nunca montado en él. Supongo que llevarse el amor a cuestas alrededor del planeta no está mal, e incluso creo -o sigo creyendo, aunque no lo parezca- que es algo bonito, en cierta medida, además de profundamente constructivo. Pero cuando piensas en algo romántico no esperas que sea CONSTRUCTIVO. 

Esta no me la quitáis de la cabeza: los aviones se vuelven preciosos -no estéticamente, que son feos de cojones- cuando te llevan a casa. Aunque subirse a las nubes con el amor en el regazo es, en cierta medida, bello, nada tiene que hacer contra encontrárselo, tras las escaleras mecánicas, con una de esas miradas que hablan y dicen cosas como que, más adelante, quizá voléis a todas las partes del mundo, o que quizá no vayáis a ninguna parte. Porque la verdad es que, en ese preciso instante, nada importa en absoluto.

miércoles, 23 de noviembre de 2016

prolegómenos

Toda la belleza que recuerdo está en tu espalda. Belleza en su sentido más estricto, más sensual o más natural. En el rectángulo en el que tu vestido negro dejaba de existir se contenían mis suspiros y el anhelo de cada noche bajo mis propias sábanas. Aquella tela, que parecía porcelana decidida a fundirse con tu piel, se desvanecía llegado cierto punto para dar paso a tu textura, entre el terciopelo y el frío acero, a medio camino entre la suavidad del ligero vello rubio que te cubría casi por completo y la ternura de todo tu cuerpo, que se estremecía de forma constante, lleno de vida y entrelazado con mi aliento.

La belleza de tu espalda aquella noche estaba exenta de miedo, y realmente daba igual lo que hicieses, no importaba. Bien podrías haber permanecido inmóvil durante horas, que mi mente habría seguido imaginándote moviéndote despacio, con elegancia y sin exuberancias, del modo en el que solo tú te desplazabas por la vida, sabiéndote vencedora de todos los duelos que te quedaban por disputar. No diría que lo que hacías fuese exactamente bailar, pero lo que sí te puedo asegurar es que muchos bailes quedarían rebajados al ridículo comparándose con el modo en que tus clavículas se encogían por el frío, que a su vez te erizaba casi por completo.

Creo que quizá por culpa de tu espalda me resistí muchas veces a mis propias mordazas, las mismas de las que sabía que no sería capaz de escapar por mucho que lo intentase. Hubo alguna mañana en la que me desperté helado, con la sensación de que el calor gélido de tu espalda al descubierto del mes de enero habría desaparecido. Lo más probable es que, de hecho, lo hubiese hecho. Tu imagen airada, sin embargo, permanecía colgada en las paredes de mi memoria, con una actitud desafiante, observándome con condescendencia.

A menudo supimos que entre nosotros ya no quedaba belleza, y aún intentamos luchar contra nuestros propios instintos refugiándonos en sentimientos de otro tiempo y otro espacio, en figuras del pasado y sollozos de un presente nunca más pretérito. Solíamos derramar lágrimas buscando inundarnos de algo que nos despertase y luchábamos con un ansia inaudita por reavivar el fuego de alguna ceniza chispeante.

Se me dio fatal observarte después de ver a tu espalda encandilándome bajo algún cuarto menguante. A ti se te dio fatal asumirme como un nómada siempre sedentario de ti. A ninguno de los dos se nos dio bien aprender a ser nosotros sin miedo a no serlo tanto como hubiésemos querido. Lo que peor se nos dio, sin embargo, fue darnos cuenta. Mientras nos esforzábamos por evitarnos al doblar cada esquina, hubo billones de relojes decididos a malgastarnos con sorna, alejándonos cada noche de forma cruel y paralela, para evitar que nos cruzásemos pese a caminar en la misma dirección.

Ya no quedan vestidos negros tan cargados de luz.