jueves, 29 de diciembre de 2016

terrores

- miedo -

Te tengo miedo,
un miedo inconfesable
a encontrarte de repente
al girar cualquier esquina
o alzar la cabeza
y quedarme mirándote 
a los ojos
sin saber qué decirte
y con la impresión de que, en cualquier momento,
vas a darme la espalda
y a seguir caminando en la otra dirección.

Te tengo miedo,
un miedo inconfesable
a verte sin pretenderlo
y salir corriendo
a esconderme detrás de cualquier pared
para evitar enfrentarme
al hecho de que no estoy 
preparado
para no decirte
que sigues siendo
tú.

Te tengo miedo,
un miedo inconfesable
a resultarte patético
a darte lástima
a que te replantees
por qué yo
si yo
no soy nada,
a que te des cuenta
de que no te pongo condiciones.

Y eso me aterra.
Más que tú.
Más que nada.

- sudor, del frío -

Me asusta estar solo
conmigo mismo
y no poder evitar
recrearme en todas las cosas
que querría evitar a toda costa
y revolcarme en ellas
como si me produjesen
algún tipo de placer
prohibido
o me diesen la vida
de algún modo secreto.

Me asusta profundamente
no querer olvidarte
y pienso en todo lo que ello
conlleva
y en lo que tú te esfuerzas 
por hacerlo
y en que tú eres tan fuerte
y yo tan débil
y en que no puedo seguir
dando tanta lástima.

Me asustan 
las dos caras de la misma hoja
huir de ti y permanecer
agarrarme al pasado y lanzarme
al futuro
imaginar que no estás
-aunque estés sin quererlo-
ni estarás, 
y hacer daño
a tanta gente, por hacerme daño
a mí mismo.

Me asusta estar tan asustado 
que necesito esconder 
la cabeza en tu pelo
y no sacarla nunca de ahí.

lunes, 26 de diciembre de 2016

pensar en ti

Pensar en ti es la peor de todas mis malas costumbres. Se suponía que debías ser un antídoto para la tristeza, pero hace tiempo que me has convertido en un completo alcohólico, o en un adicto a cualquier tipo de adicción capaz de destruirme. Créeme, soy consciente de que no debería pensar en ti, creo que ni para bien ni para mal, de ninguna de las maneras. Lo correcto habría sido eliminarte de mi memoria como un archivo dañado, ya sabes, como en Eternal Sunshine of the Spotless Mind. Bueno, no sé si correcto es la palabra adecuada, o si la palabra conveniente encajaría mejor en este contexto. O sano. Alguna de ellas iría bien. Supongo.

Pienso en ti de forma circular. A veces te odio, tengo que confesártelo. Se me ocurren algunas cosas, vienen a mi mente como latigazos de luz, y quiero lanzarte lejos de mí, alejarte lo máximo posible de mi cabeza. Otras veces, en cambio, hago de todo menos odiarte. Odio que los demás pretendan que te odie. No lo consiento. Y que alguien, cualquiera, resalte una característica negativa de ti, solo provoca que yo recuerde, o imagine, o cree de la puta nada, ciento cincuenta motivos para no odiarte jamás. Pero acabo volviendo a odiarte. Y después, ya sabes, otra vez vuelvo a no querer hacerlo nunca. Bueno, creo que entiendes lo que significa que algo sea circular.

Últimamente pienso que eres capaz incluso de pensar por mí. Algunas de mis decisiones, de hecho, me parecen impropias de mí mismo. Joder, no las comprendo. Pero después me doy cuenta de que toda esa mierda no la he decidido yo. La has decidido tú por mí, como si pulsases algunas teclas en mi cerebro y lo dejases todo resuelto. Todo esto no es nuevo, y tengo que confesarte que solía ocurrirme teniéndote cara a cara, pero no puedo evitar que me resulte enormemente confuso que sigas escabulléndote entre mis neuronas sin siquiera tener ni idea de que lo estás haciendo. O quizá sí que lo sabes. La verdad es que no tengo ni idea.

La idea que siempre me aterroriza es la de que tú sí que me odies a mí. Que me odies realmente, de ese modo visceral en el que solo tú sabes odiarme y repudiarme. Me congela. Y, aunque a veces creo que esa idea también la has colocado tú cuidadosamente en mi cabeza, no puedo dejarla de lado, ni apoyarla y seguir caminando, ni hacer una sola puta cosa en general. Me produce un miedo surrealista el hecho de que lo más probable es que no vuelva a verte en muchísimo tiempo, o que quizá no vuelva a verte nunca. Muchas veces me siento decepcionado conmigo mismo por pensar en todas estas cosas, y me siento débil, y siento que soy alguien por quien no merece la pena luchar. Me siento un puto estúpido. Pero, pese a todo, lo que más me jode es que el motivo por el que más me sienta decepcionado conmigo mismo sea haber fracasado contigo. Supongo que fracasaré millones de veces más en mi vida -lo vengo haciendo todos los días de un tiempo a esta parte-, pero me cuesta creer que volveré a fracasar en algo en lo que me haya dejado tanta alma. Un alma que, por otra parte, no creo que me vayas a devolver.

Me cuesta demasiado asumir que nadie vaya a llegar a comprender nunca el hecho de que me haya quedado atascado aquí, como un enorme rinoceronte intentando salir por una alcantarilla. Y ya no sé qué decir, ni qué hacer, ni de dónde a dónde correr, ni cuánto saltar, ni cuánto bailar, ni cuánto olvidarme de que tengo que dejar de pensar en ti. Todo eso me hace sentir profundamente solo, de un modo totalmente irreparable. Y me aburro de mí mismo, con lo que no puedo culpar a nadie porque se aburra de mí pensando en ti, para bien o para mal, de cualquier forma. Últimamente me he convencido a mí mismo de que me he acomodado en esta sensación de asfixia a que la he convertido en mi hogar y de la que me quejo constantemente. He pensado que a lo mejor es que me encanta estar en ella. 

Pero lo cierto es que estoy siempre asustado. Y quiero huir. Y cuando me siento así siempre hago cosas estúpidas, como una gallina corriendo de un lado a otro con una bolsa en la cabeza. Lo sé porque ya me ha pasado otras veces. Ya he perdido la razón por ti. De todos modos, no me habría servido de nada tenerla. No, estoy seguro de que tener la razón habría sido totalmente inútil. Igual que pensar en ti. 

viernes, 2 de diciembre de 2016

en blanco y gris

- en guardia -

Se me encogen las pupilas,
en medio de la oscuridad
de buscar tu pelo
entre mis dedos.

La piel se me enciende
inundada de sal,
imberbe de recuerdos,
solitaria de ti.

Terminé de buscarte
al empezar a comprenderte,
al empezarme, empezarnos,
cerrándolo todo.

- insuficiente -

De los descansos
entre quererte y no poder más
solo quedan papeles y otras cosas
que nunca quisiste llevarte.

Me bajo entre barco y mar,
con la arena en la pared
de todas las memorias
que perdimos a la deriva.

Al verte y no pensarte,
imaginarte y olvidarte,
recuperarte perdiéndote,
todo cobra el menor de los sentidos.

- sin aire -

Y me pesa en las costillas,
como una herida abierta 
a pleno sol
en pleno invierno.

Me escondo tras de mí y apenas
entrecortándome al hablar
me evado de aceptarme
no siendo nadie.

Entre los lirios y otras flores
tras la cristalera,
colgados en la puerta 
siempre cerrada con alguien fuera.

Pasamos página hacia atrás
aun sabiendo,
dolidos,
que esa no es forma de leer ningún puto libro.

domingo, 27 de noviembre de 2016

de casa al avión, del avión a casa

Hace unos años me subí por primera vez a un avión. Considero que se trata de una actividad sobrevalorada, sobre todo cuando la has asumido como parte relativa de una rutina medianamente regular. Pero la verdad es que iniciarse en el mundo del vuelo es todo un acontecimiento en la vida de cualquiera. Yo, por lo menos, lo viví a flor de piel. Guardo cada detalle con sumo cariño en las paredes de mi memoria. Recuerdo que me cachearon tras pasar sin éxito el control de seguridad, y lo más probable es que el guardia en cuestión se asustase al verme tan visiblemente emocionado por estar allí en aquel momento. Salí de la fila exclamando: "¡Me han cacheado!", como si realmente fuese estúpido y no solo pretendiese serlo constantemente.

Lo demás fue todo bastante más digno, entre las largas esperas del puto embarque, las luces parpadeantes del interior del avión al despegar y las nubes revistiendo las alas de aquel monstruoso aparato, como si se las estuviesen poniendo de pantalones. Creo que aquel fue el único viaje en avión de mi vida en el que no me he quedado dormido, pero tenéis que disculparme: nunca había visto las cosas desde tan arriba, aquello era sencillamente acojonante. Durante las ¿dos horas y media? que duró aquel viaje pensé en un millón de cosas, entre las cuales probablemente estuviesen chorradas como lo difícil que me resultaba diferenciar a las personas de los coches llegados a cierta altura, o qué pasaría si rompiese la doble ventanilla y me tirase encima de las nubes. Había leído por ahí que una nube cargada de lluvia pesaba algo así como muchísimas toneladas, así que lo más seguro es que pudiese sujetarme, ¿no?

Sin embargo, el pensamiento que más me martilleó durante todo el trayecto fue el siguiente: OJALÁ ESTAR AHORA MISMO CON LA PERSONA QUE QUIERO. OJALÁ VIAJAR CON ELLA A TODAS LAS PARTES DEL MUNDO UTILIZANDO ESTAS MÁQUINAS TAN ESPLÉNDIDAS. 

Años más tarde, sigue pareciéndome bonita la idea de subirse a un avión con alguien a quien quieres, yo que sé, para descubrir nuevas cosas juntos, lo cual pienso que es la base sólida sobre la que se construye cualquier vínculo que no se vaya a romper más rápido que una botella de vino en el borde de una repisa. Realmente, analizándolo con perspectiva, mi pensamiento martilleante responde a un ideal romántico puro, aunque en cierto modo occidentalizado y superfluo. El tema de sacarse fotos en los Campos Elíseos, Central Park, Picadilly Circus y El Coliseo y hacer un collage es tierno y demás, pero lo cierto es que no tiene nada que ver con el amor.

Supongo que a todos nos pasa lo mismo en estos casos, ya sabes, que sublevamos algunas ideas y acabamos pegándonos una buena ración de hostias cuando vemos que todo aquello que creíamos que iba a ocurrir, como si la vida se tratase de una jodida novela de Nicholas Sparks, no ocurre. Ni siquiera está lejos de ocurrir, joder. Si ocurriese, dejaría de interesarnos una mierda. Esas cosas se nos pasan por la cabeza porque son imposibles y porque somos unos cursis, pero la verdad, la pura verdad, es que el hecho de imaginarme que una nube se pone unos pantalones probablemente diga mucho más de mí y de mi personalidad que el tema de QUIERO VIAJAR CONTIGO HASTA LOS CONFINES DEL MUNDO.

Si analizo todos los viajes que he hecho de acá para allá, debido a motivos varios y siempre, SIEMPRE pensando en si las nubes me sujetarían si me lanzo sobre ellas, me he dado cuenta de que vivo más el romanticismo cuando la persona a la que quiero no se sube conmigo al puto avión, sino que me espera al otro lado. Algunos de los momentos más románticos de mi vida, en el sentido más limpio y franco de la palabra, los he vivido instantes antes de subirme o bajarme de un avión, pero nunca montado en él. Supongo que llevarse el amor a cuestas alrededor del planeta no está mal, e incluso creo -o sigo creyendo, aunque no lo parezca- que es algo bonito, en cierta medida, además de profundamente constructivo. Pero cuando piensas en algo romántico no esperas que sea CONSTRUCTIVO. 

Esta no me la quitáis de la cabeza: los aviones se vuelven preciosos -no estéticamente, que son feos de cojones- cuando te llevan a casa. Aunque subirse a las nubes con el amor en el regazo es, en cierta medida, bello, nada tiene que hacer contra encontrárselo, tras las escaleras mecánicas, con una de esas miradas que hablan y dicen cosas como que, más adelante, quizá voléis a todas las partes del mundo, o que quizá no vayáis a ninguna parte. Porque la verdad es que, en ese preciso instante, nada importa en absoluto.

miércoles, 23 de noviembre de 2016

prolegómenos

Toda la belleza que recuerdo está en tu espalda. Belleza en su sentido más estricto, más sensual o más natural. En el rectángulo en el que tu vestido negro dejaba de existir se contenían mis suspiros y el anhelo de cada noche bajo mis propias sábanas. Aquella tela, que parecía porcelana decidida a fundirse con tu piel, se desvanecía llegado cierto punto para dar paso a tu textura, entre el terciopelo y el frío acero, a medio camino entre la suavidad del ligero vello rubio que te cubría casi por completo y la ternura de todo tu cuerpo, que se estremecía de forma constante, lleno de vida y entrelazado con mi aliento.

La belleza de tu espalda aquella noche estaba exenta de miedo, y realmente daba igual lo que hicieses, no importaba. Bien podrías haber permanecido inmóvil durante horas, que mi mente habría seguido imaginándote moviéndote despacio, con elegancia y sin exuberancias, del modo en el que solo tú te desplazabas por la vida, sabiéndote vencedora de todos los duelos que te quedaban por disputar. No diría que lo que hacías fuese exactamente bailar, pero lo que sí te puedo asegurar es que muchos bailes quedarían rebajados al ridículo comparándose con el modo en que tus clavículas se encogían por el frío, que a su vez te erizaba casi por completo.

Creo que quizá por culpa de tu espalda me resistí muchas veces a mis propias mordazas, las mismas de las que sabía que no sería capaz de escapar por mucho que lo intentase. Hubo alguna mañana en la que me desperté helado, con la sensación de que el calor gélido de tu espalda al descubierto del mes de enero habría desaparecido. Lo más probable es que, de hecho, lo hubiese hecho. Tu imagen airada, sin embargo, permanecía colgada en las paredes de mi memoria, con una actitud desafiante, observándome con condescendencia.

A menudo supimos que entre nosotros ya no quedaba belleza, y aún intentamos luchar contra nuestros propios instintos refugiándonos en sentimientos de otro tiempo y otro espacio, en figuras del pasado y sollozos de un presente nunca más pretérito. Solíamos derramar lágrimas buscando inundarnos de algo que nos despertase y luchábamos con un ansia inaudita por reavivar el fuego de alguna ceniza chispeante.

Se me dio fatal observarte después de ver a tu espalda encandilándome bajo algún cuarto menguante. A ti se te dio fatal asumirme como un nómada siempre sedentario de ti. A ninguno de los dos se nos dio bien aprender a ser nosotros sin miedo a no serlo tanto como hubiésemos querido. Lo que peor se nos dio, sin embargo, fue darnos cuenta. Mientras nos esforzábamos por evitarnos al doblar cada esquina, hubo billones de relojes decididos a malgastarnos con sorna, alejándonos cada noche de forma cruel y paralela, para evitar que nos cruzásemos pese a caminar en la misma dirección.

Ya no quedan vestidos negros tan cargados de luz.

domingo, 12 de junio de 2016

diciembre

Aquella noche nos acostamos el uno frente al otro con un palmo entre los dos. Tú juntabas tus dos manos, entrelazando los dedos índice y corazón de la derecha con los de la izquierda y reposando tus mejillas sobre ellas. No había más, todo estaba allí; tus mejillas, tus manos y la almohada, algo húmeda por el calor de tu piel sobre la tela en contraste con el frío de diciembre. Te mantenías callada, claro, con tus ojos color césped clavados en los míos esperando que mostrase mis cartas.

Las sábanas te cubrían hasta prácticamente el hombro, y la sensación que me producías era la de querer cubrirte casi por completo, como queriendo huir de mí y de nosotros, de todo aquello que se nos venía encima y que nunca habíamos querido soportar. Tu mirada me suplicaba pero también mostraba recelo. El recelo habitual, el recelo a sufrir y el recelo a depender. A mí siempre me costó mantener tu mirada a un palmo de distancia. Se me clavaba en el estómago, como una aguja imperceptible que comenzaba a rajarme por dentro sin siquiera querer hacerlo.

A los pies de la cama no había movimiento. Permanecíamos inmóviles, sin mediar palabra, con la luz parpadeante pero cálida de una bombilla que colgaba del techo a través de un cable en carne viva. Tú seguías mirándome y yo seguía evitando tu mirada, observando la pared tras tu pelo enmarañado, tu pelo que lo cubría todo como un océano de fuego en primavera.

Nunca supe qué decirte cuando las cosas se volvían grises y se me acababan los lápices de colores. Quizá por eso sabía que en el momento en que, carraspeo mediante, abriese la boca, todo se vendría abajo, como si fuésemos un iceberg en medio del desierto. A mi primera palabra frunciste el ceño, consciente de que mi miedo a que aquello que estaba a punto de decirte no fuese a gustarte. A la segunda, moviste tu brazo derecho y agarraste las sábanas, subiéndolas desde la parte inferior de tu hombro hasta casi la altura de tu nariz, desviando al mismo tiempo la mirada hacia ellas. En ese momento ya había vuelto a decepcionarte. En ese momento ya había perdido.

Después de escucharme hablar moviendo los ojos en señal de negación, levantaste la mirada y volviste a fijar tus ojos sobre los míos, diciéndome con ellos que tenía que haberme callado. Las cosas quizá habrían sido posibles si me hubiese callado. Pero no soportabas que me pasase la vida replanteándomelo todo. Eso te hacía sentir insuficiente y tú sabías que eras más que suficiente. Y ante la duda siempre negabas.

Amabas con palabras pero odiabas con tu cuerpo. Aquella noche, manteniendo el palmo de distancia entre nosotros, te volviste sobre ti misma y soltaste tu mano de las sábanas, que se desplegaron al instante arrugadas como la piel mojada, llevándola hacia el interruptor y apagando la luz. Apagándolo todo.

sábado, 11 de junio de 2016

memorística

Dibujar un hogar es tarea de matemáticas y corazón. Matemáticas por aquello de que los ángulos y las perspectivas terminan por sobrepasar nuestro feble intelecto y corazón porque eso es lo que es un hogar: puro corazón. 

Como ocurre en el aparatoso inicio de cada proceso, nuestros primeros trazos al construir nuestro hogar son abruptos, casi como brochazos de inconsciencia frente a una pared que está en blanco. Sólo somos nosotros y la nada, no existe precedente sobre el que construir ni plantilla en la que apoyarnos. Es quizá por eso que nuestra consciencia nos libera de todo prejuicio y nos deja crear con total libertad. Dibujamos y dibujamos, utilizando a veces las manos e incluso los pies, sabiendo con certeza que aquello que construimos no es otra cosa que el primer esbozo de lo que somos o seremos nosotros mismos. Nuestro hogar es nuestro retrato cuando quiénes somos no implica algo más allá de dónde estamos. 

A menudo combinamos colores con fiereza, como si nuestro lienzo increpase nuestra falta de creatividad. Con el tiempo, el exceso acaba por abrumarnos y, acongojados, tomamos el lápiz para comenzar a perfilar el dibujo de nuestro hogar, antes de tomar consciencia de que ningún lápiz puede domar todo el color de nuestro pasado. De que las matemáticas no pueden perfilar las decisiones de nuestro corazón. Y abandonamos nuestro hogar. Lo hacemos porque consideramos que es banal, insuficiente, inconexo. Llegamos, incluso, a convencernos de que esa concatenación de colores arbitrarios que se presenta ante nosotros no es nuestro hogar. De que nunca lo ha sido. Y cerramos la puerta.

Dibujar un hogar es tarea de matemáticas y corazón, y es por ello que cuando rechazamos al corazón resulta imposible obtener un hogar de nuestro lienzo. El trazo del lápiz es limpio y preciso, y a pesar de ser capaces de construir elevadas estructuras de mármol y yeso con nuestros dedos, lo que nuestra mente nos repite de forma constante es que no hay colores como los del hogar. No hay colores como los que dibuja el corazón. La memoria, en su ambigüedad tan cruel como certera, entra en juego para dar, a través de nuestra imaginación, una forma idílica al más absoluto caos. Cada color, en ese momento, pasa a tener su significado, y pensamos lo idiotas que fuimos el día que decidimos que nuestro hogar en realidad no era nuestro hogar. Y pensamos, y seguimos pensando en lo estúpido que resulta todo y las ganas que tenemos de volver a casa. Y volvemos.

Pero cuando volvemos nada es como lo recordábamos. Vuelve el caos y vuelve la decepción ante nuestra obra inicial, nuestro hogar y nuestro corazón. Echamos de menos los lápices, la sofisticación y las matemáticas porque la vida a través de la pasión acaba por convertir a la pasión en un elemento sin valor. Y no podemos permitirnos eso. No, nosotros, seres apasionados, no podemos hacerlo. Existe un momento de lucidez ligeramente previo al instante en que abandonamos nuestro hogar por segunda vez en el que lo contemplamos, libres de nosotros mismos, y podemos ver en él todo lo que somos y hemos sido, pero difícilmente lo que queremos llegar a ser. Cosas de los ángulos y las perspectivas.

Dibujar un hogar es tarea de matemáticas y corazón y, después del vaivén revelador entre una y otro terminamos, siempre a destiempo, dándonos cuenta de que son incompatibles. Nos damos cuenta de que nuestro primer lienzo jamás será nuestro hogar. Porque nuestro corazón odia las matemáticas. Y las matemáticas... odian a nuestro corazón.