jueves, 15 de febrero de 2018

el delirio

Es una sensación metálica. La generación repentina de una placa acerosa que te separa de la realidad. Eso es todo lo que puedo decir sobre la pérdida. Pérdida. Es una palabra informe, un ente que nada significa. Perder. ¿Qué es perder? Perder es un delirio, una travesía onírica hacia la incertidumbre. Es la recomposición mística de las piezas. Te arranca el mundo la pieza central y todas desfilan para cubrir la posición vacía. 

Pasan unos días y las calles ya vuelven a oler de la misma forma. He pensado unas cuantas veces que eso es intolerable. Que tras la muerte nada debe ser lo mismo. ¿Cómo iba a serlo? Es imposible. Así que naufrago en la búsqueda de esas respuestas ondeantes, las luces que atisbo y nunca podría alcanzar con mis manos. Y de todas las preguntas solo me queda el metal que encuentro en mi pecho, no me queda más que el delirio.

La muerte es una cosa imposible. Podría asegurar que alguien no está muerto mientras yo no lo sé, aun sabiendo que no es así. Aun sabiendo que, mientras yo duermo plácidamente en un mundo a salvo del sepulcro, alguien a quien todavía coloco en el centro del tablero ya ha desaparecido. Está a salvo en mi mundo durmiente, pero ya es tierra extinta. 

Luego llega el contacto y la muerte se vuelve algo corpóreo, sensible al tacto. Se enreda en la garganta como un reptil tumoroso, una cosa áspera y viscosa que sostiene el aire y le impide entrar y salir con fluidez. Se pone a llover casi de forma inmediata, como si el universo estuviese desconsolado en un rincón. Son los cielos más grises, los cielos del delirio.

Pasan las horas, horas que uno no recordará jamás, porque son horas muertas, horas sin espacio ni tiempo. Son las horas del adiós, el lapso tibio de vida que el mundo te entrega para despedirte de aquellos que amas. Y paseo por las calles y miro a los demás como exigiéndoles que sientan compasión por mí, y me corren las lágrimas estúpidas por toda la cara como dibujando un mapa fluvial en los surcos de mi piel. 

Es algo a lo que nunca reaccionamos, una sensación fatídica que se tatúa en los pulmones de tal forma que no puedas respirar una sola vez sin recordar la ausencia. Aún te despiertas otras mañanas, las mañanas de sol, y crees ver las piezas de otro tiempo, las que ya no están. Piensas en silencio: ¿es realmente posible que no estéis o soy yo el que delira? Y así uno crece, sumando los años a las cuestas del dolor, cada vez más absurdo y delirante, incapaz de asumir la pérdida de su pasado.

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